jueves, 13 de junio de 2013

Sí es tiempo de campeones


Muchas son las razones por las que generamos simpatías con desconocidos. El autor del libro que nos gustaría haber escrito, la sesuda que solucionó un problema extraordinario cambiando el simple orden de sus componentes, o aquel ser despreciado por todos que se revela de pronto un ser humano extraordinario por haber escondido a jóvenes perseguidos cuando los tanques arrasaron la plaza; pasan de pronto a convertirse en referente de todo tipo para miles de personas que no les conocen, que no saben nada de sus vidas personales, por la sola admiración de sus hazañas. Hay de todo en ello, la estima de la proeza física o intelectual, el reconocimiento debido del que comprende que, en una situación semejante, habría cerrado las ventanas ignorando la súplica del perseguido; también está un ejercicio de bondad trascendental, el que saca al sujeto que admira de la loa egocéntrica y le afirma, allende el cuerpo que le contiene, en la existencia física o moral de lo admirado.

Por estos días hemos estado un poco en Leinier Domínguez, el cubano que el pasado lunes 3 de junio de 2013 se coronó campeón de la cuarta parada del Grand Prix de ajedrez que se celebró en Salónica, la famosa ciudad griega. Estar un poco en Leinier no significa la reivindicación patriotera del campeón, ni el reclamo de alguno de sus beneficios, es más bien el mérito que nos cabe por haber seguido sus pasos por estos años, disfrutando sus triunfos y sus empates, y añorando que las derrotas no le descorazonen. Seguros de que quien sabe mantener el buen paso tiene posibilidades extraordinarias para el éxito. Y ese momento ha llegado. Leinier comenzó perdiendo la competencia pero su recuperación fue sorprendente, cuatro tablas y seis victorias fueron las responsables de convertirlo en campeón.

Los progresos de Leinier en Salónica los seguimos muchos a través de Abdul Nasser, el periodista de nombre foráneo que, desde el diario Juventud Rebelde los refería con un entusiasmo extraño en nuestros medios de prensa, donde es de buen tono reprimir la exaltación.

Quizás no sea del todo consciente Leinier de la gran importancia de su triunfo y su posterior regreso a nuestra isla. En el pasado un Fidel Alejandro Castro Ruz gustaba de pavonearse con nuestras celebridades, desde una vaca lechera y tumorosa hasta un campeón de boxeo. Los agasajos del comandante eran interminables, el campeón pasaba agradecido, de la noche a la mañana, de un miserable solar en cualquier parte a una casa en Miramar, y a tener derecho a entrar en tiendas que comercializaban en dólares, prohibidas para el resto. Era la política de los estímulos que humillaban, del acercamiento que distanciaba. El campeón que soportaba aquel hedor podía seguir siéndolo, y muchos lo soportaron.

Pero el presente se mueve con otros rumbos; escondidos en un falso pragmatismo, los fondos sociales son cada vez más desprovistos por la política oficial. Se reducen los presupuestos de salud y educación, pero también cultura y deportes. Para esta nueva política, el empeño de la nación y su fulgor estorban. Una nación virtuosa, a la que Leinier contribuye con su triunfo, anega el argumento de los que ensalzan la humildad para emprenderla contra el brillo ajeno, de los que exaltan el individuo indiferenciado para agrandar la masa de cubanos reducidos a servidumbre. Leinier ha dejado de encajar en este perfil. El talento exige independencia y demanda reconocimiento.

En meses recientes hemos debido asimilar con tristeza que Dayron Robles, el extraordinario corredor guantanamero, que corre con un crucifijo y lee entre competencias, pidiera abandonar el equipo nacional de atletismo, rodeado todo de desagradables rumores sobre las deudas del estado con él y las abusivas extracciones a sus premios; más recientemente Wilfredo León, el niño genio del voleibol mundial, fue castigado por los burócratas de turno, con lo que anegan la carrera del que pudiera ser el más grande voleibolista de todos los tiempos. En las tortuosas marañas de la envidia burocrática, Michael Jordan podría ser convertido en un simple repartidor de formularios y Usain Bolt en un dinámico dependiente de cafeterías de comida rápida. Leinier llega lleno de brillo; como a León y a Robles, los cubanos le seguimos admirados. Pero en los corredores donde hace medio siglo se ha tramado magistralmente nuestra perdición, Leinier debe saber que más de una fiera ha empezado a tejer las trampas donde enredar su genio, y que las fichas de sus enemigos no las podrá buscar sobre la mesa.

Boris González Arenas
 Lunes 11 de junio de 2013

                                     
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