domingo, 30 de marzo de 2014

Corea del Norte y Cuba, de un MiG las dos alas

caricatura de Omar Santana
Publicado en Diario de Cuba

¿Qué razones puede tener el estado cubano para violar el embargo de armas que la comunidad internacional ha impuesto a la República Popular Democrática de Corea? Cuando el pasado año fue encontrado por las autoridades del Canal de Panamá, en un carguero del país asiático, enterrado bajo miles de sacos de azúcar, un alijo de armas cubanas que incluía dos aviones MiG-21, fue esa una interrogante general. La inmediata declaración pública del gobierno cubano y la divulgación de una nota sobre ello en nuestra prensa oficial, indicaban lo delicado del asunto. En aquella nota el gobierno cubano aseguraba que las armas presentes en el barco norcoreano eran material obsoleto que se enviaba a Corea del Norte para su reparación. Esa, aunque dudosa, habría sido una razón.
Pero el pasado martes 11 de marzo de 2014 un informe de expertos de las Naciones Unidas ha hecho público que ese envío viola las resoluciones de Naciones Unidas destinadas a impedir que el país asiático obtenga o exporte algún tipo de armamento. Las armas, asegura el documento, estaban en perfecto estado, habían sido probadas los días previos a su embarque y parte de ellas estaba en su empaque original. La declaración de nuestros medios de prensa era falsa.
Sobre esta conclusión de los investigadores de la ONU nada ha dicho la prensa oficial cubana.
No son tiempos de Solidaridad. Aquella solidaridad irracional con que el gobierno cubano solía, décadas atrás, rechazar emitir alguna explicación mediana por sus actos. Al parecer el gobierno de Raúl Modesto Castro Ruz no ha intentado usar este argumento con los expertos de la ONU ni tampoco ha sido mencionado en nuestros medios de difusión. Desde el fin del socialismo este-europeo, la solidaridad ha quedado como recurso retórico o para encubrir la naturaleza del negocio montado por el castrismo con la venta de nuestros médicos a países de la región.
Tampoco son tiempos de esgrimir aquello de “a Cuba no la fiscaliza nadie” con que Fidel Alejandro Castro Ruz impidió a los investigadores internacionales entrar a nuestro país en 1963 a raíz de la Crisis de los Misiles. Según deja entender el documento hecho público el pasado martes, las autoridades cubanas cooperaron con la investigación.
El evento abre otras interrogantes. ¿Qué beneficios puede tener para Corea del Norte hacerse de unos aviones antiguos y de algunas piezas de repuestos u otras armas? La respuesta a esta pregunta puede volver más siniestra la participación cubana. Poco, muy poco podrá hacer Corea del Norte con estas armas a menos que le dé un uso menos convencional. La República Popular Democrática de Corea tiene numerosos enemigos firmes y no pocos potenciales, sin embargo, a ninguno de estos países, potencias militares todos o fuertemente respaldados por Estados Unidos, puede significarles el vuelo de un MIG 21 peligro alguno. A menos que el avión cargue, apto para estallar, algo del arsenal atómico que, se presume, posee el gobierno norcoreano. En ese caso no se trataría de un antiguo avión, sino de un inteligente y muy peligroso misil y el gobierno cubano habría jugado un papel muy irresponsable al facilitarle estos aviones a Corea del Norte.
Se puede alegar otra razón en todo este sinsentido. El gobierno cubano podría haber presumido que el barco norcoreano no llegaría a su destino, que las armas serían encontradas ―el historial del barco daba para sospecharlo― y que el gobierno de los Estados Unidos quedaría en dificultades para continuar sondeando la continuidad, modificación o eliminación del embargo económico contra Cuba. Ya Fidel A. Castro Ruz derribó dos avionetas de los Estados Unidos en 1995 para presionar a William Clinton a firmar la Ley Helms-Burton y aumentar el cerco norteamericano sobre nuestro archipiélago. Días antes el presidente norteamericano había puesto reparos importantes para aceptar aquél proyecto de ley y, luego del derribo de las avionetas, quedó sin argumentos frente a otras voces que demandaban acciones más violentas contra instalaciones militares cubanas. Para los que afirman que el embargo norteamericano resulta útil al castrismo, este evento vivifica sus argumentos.
Con el descubrimiento de estas armas y el documento hecho público recientemente por los expertos de la ONU, al gobierno de Barack Obama le será muy difícil retirar a Cuba de la lista de países terroristas o alentar cambios a la política del embargo.
Por otro lado, la longevidad de las armas no manifiesta un compromiso real de apoyo al gobierno de Corea del Norte que justifique medidas globales de mayor gravedad contra el gobierno de Raúl M. Castro.
Es difícil pensar que en la anquilosada mente del presidente cubano ―“sin prisa pero sin pausa”―, o sus asesores, pueda concebirse esta idea y que tengan valor para llevarla adelante. Pero las armas aparecieron y alguna razón debió haber para embarcarlas.
Podría alegarse también que las autoridades cubanas no se daban cuenta de lo que hacían. Habría que ser un poco lerdo para ello, pero recordemos el precio puesto a los automóviles desde que recientemente se liberó su venta en nuestro país, solo para citar uno de los más recientes desvaríos de nuestro gobierno.
Todo está rodeado de mucho absurdo, si no estupidez; al gobierno chino o al ruso, aliados por reminiscencia del castrismo, no debe haberles hecho gracia el episodio, en especial a China, que en los últimos años ha venido distanciándose de la dinastía norcoreana.
Es poco probable que el evento de las armas cubanas en el barco de Corea del Norte tenga repercusión importante para nuestro país. No por casualidad, el texto del documento de la ONU se ha hecho público en medio de la gran crisis internacional que ha desatado Rusia al invadir a Ucrania y anexarse parte de su territorio, lo que le garantiza muy poca atención en los días venideros.

Boris González Arenas
Viernes 21 de marzo de 2014

martes, 25 de marzo de 2014

Camino al poder a través de la Revolución

Mariela Castro Espín junto a su hermano Alejandro Castro Espín elheraldo.hn

publicado en Diario de Cuba el 23 de marzo de 2014

Cuando el 4 de Septiembre de 1933 Fulgencio Batista encabeza el movimiento militar que, aunado con las fuerzas antimachadistas depone al Presidente Carlos Manuel de Céspedes, no era el sargento la principal figura del movimiento ni la única. Acordó la Junta de los Ocho, como fue conocido el grupo que lideró el cuartelazo en la fortaleza de Columbia, que la jefatura del ejército fuera rotatoria. Pero Batista emergió de la Revolución como el principal líder militar y consiguió, con ello, ser el protagonista político de la Cuba de entonces. Controló el ejército en enfrentamientos sistemáticos con los mandos que no le eran adictos, estableció relaciones con Benjamin Summer Welles –embajador de Estados Unidos que debió ver cómo sus preferidos, la vieja oficialidad y los políticos asociados al machadato, cedían terreno ante el empuje de una joven generación de políticos ambiciosos y dispuestos-; y emergió como una figura de orden en medio de la euforia revolucionaria.
Llegado el momento de cumplir el compromiso y ceder la jefatura del ejército, era Fulgencio Batista lo suficientemente fuerte para desconocerlo. Cuenta Ciro Bianchi que Mario Alfonso, miembro de la Junta de los Ocho, demandó a Batista su cumplimiento. Batista lo denunció por un supuesto golpe de estado que Mario Alfonso habría planeado, pero antes de que se efectuara su detención, en plena  noche, Mario Alfonso, una de las figuras fundamentales del movimiento militar del cuatro de septiembre, fue asesinado.[1]
La muerte de Mario Alfonso es la constatación del cambio de liderazgo que se había operado durante el proceso de afirmación del poder revolucionario que va del cuatro de septiembre del 33 hasta su ultimación en agosto del 34. El paso del liderazgo colectivo al liderazgo único tiene que establecerse con rapidez pues, desde que se constata su intención, comienza también el movimiento de fuerzas contrarias a que se realice.
Al liderazgo no se llega por la reunión de un grupo de sujetos en torno a alguien providencial. Ese es el mito creado por los aparatos de propaganda ideológica. Un mito semejante fue creado alrededor de Gerardo Machado, de Fulgencio Batista, de Fidel A. Castro y será el relato que se construirá en cualquier sitio donde el personalismo se impone tras despertar la ambición de los que inicialmente encabezaban movimientos de renovación de cualquier orientación ideológica. Los liderazgos que emergen en los procesos revolucionarios son siempre una elección coyuntural, será durante el protagonismo posrevolucionario que al hombre ambicioso se le revelará su preciosidad.
La Revolución cubana de la década del cincuenta no es una excepción. Los revolucionarios que se agruparon para subvertir el poder político solo podían hacerlo en condiciones de igualdad. Más allá de la función social de los revolucionarios, de su origen económico o del color de su piel, es el riesgo colectivo el que les enlaza, y la posibilidad de la muerte la que consigue difuminar los contornos de la individualidad. El triunfo será el único evento que puede zanjar el peligro. “En una revolución se triunfa o se muere”, tal fue el modo de manifestar, Ernesto Guevara, el sentimiento común a la subversión revolucionaria.[2] Pero una vez que se triunfa, zanjada la inminencia de la muerte, el constreñimiento de la individualidad se vuelve inoperante y el resurgir de la singularidad será convocado por un peligroso fermento: el poder político.
No era intención, del revolucionario blanco y racista, que una vez obtenido el triunfo se compartiera con los negros el protagonismo social y económico.[3] Tampoco el que pretende beneficios de aristócrata, sumado a la revolución como uno más, dejará de realizar sus ambiciones en la sociedad pos revolucionaria.[4]
El triunfo revolucionario convoca a la individualidad y el poder político le confiere posibilidades de realización descomunales.
Fulgencio Batista, un militar de ascendencia muy humilde, promovería en la década del treinta la modernización del ejército, el mejoramiento de la infraestructura escolar y sanitaria del país y se agenciaría de modo fraudulento una enorme fortuna para distanciar la humillación que la miseria produce. Pero al convocar una Asamblea Constituyente legítima, cortó la posibilidad de seguir concentrando el poder político y económico de la nación. Contra el deseo de no pocos militares acogió la nueva Constitución, resultó electo presidente ya en democracia en el año 1940, y en 1944, llegado el fin de su mandato, declinó nuevamente las presiones de subordinados continuistas y cedió el poder a su enemigo Ramón Grau San Martín, sabiendo que eso implicaba su distanciamiento del país.[5]
La revolución de 1959 no tuvo este corte democratizador, los líderes que sobrevivieron a las purgas castristas adquirieron rangos extraordinarios y su presencia al frente de cualquier institución le confirió una independencia e importancia muchas veces superior a los ministerios a los que en apariencias estaban subordinados. Tal es la historia de la Empresa Flora y Fauna a cargo del comandante Guillermo García, el Hospital Psiquiátrico de la Habana a cargo de Bernabé Ordaz, la Federación de Mujeres a cargo de Vilma Espín; tales son también todas las empresas, ministerios, fundaciones, academias, institutos sobre las cuales solían desplazarse Ramiro Valdés, Juan Almeida Bosque, José Millar Barruecos, Ulises Rosales del Toro, José Ramón Machado Ventura y tantos otros. Tal es también la versión moderna de esta tradición que consiste en distribuir descendientes a la cabeza de diversos espacios. Quizás los más conocidos son Antonio Castro, manager de managers de la pelota cubana y presidente de la Federación Médica Deportiva, e hijo de Fidel Castro; Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual que, bajo su larga égida se ha convertido en un rutilante palacio en el medio del Vedado habanero, o Alejandro Castro, que según algunos, desempeña la jefatura efectiva del Ministerio del Interior, ambos hijos de Raúl Castro.
En las dictaduras, los años agravan el problema del cambio, y ni siquiera una revolución, con su tremenda disposición a la mudanza, puede aguantar eternamente los tirones en sentido contrario. La ambición se procura, como todos los vicios, una lógica que la conserve.

Boris González Arenas





[1] Bianchi Ross, Ciro “Contar a Cuba. Una historia diferente” Editorial Capitán San Luis, 2012 p. 130
[2] Carta de despedida de Ernesto Guevara a Fidel A. Castro, leída en el Teatro Chaplin (hoy Carlos Marx) el día 3 de octubre de 1965. Tomado de: Habla Fidel. 25 discursos en la Revolución. Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana 2008, p.246
[3] En el año 2013, a propósito de un texto publicado por el intelectual Roberto Zurbano en el periódico Nueva York Times, se produjo un intenso debate sobre la situación social del negro a más de cincuenta años de la Revolución de 1959. Quedaron expuestas muchas de las discriminaciones que siguen padeciendo los negros en Cuba y la interrogante que se abre frente a los cambios que han comenzado en nuestro país mientras siguen sin plantearse soluciones urgentes al tema de la discriminación racial.  Véase: “Para los negros en Cuba la Revolución no ha terminado” y “Mañana será tarde: escucho, aprendo y sigo en la pelea” ambos de Roberto Zurbano; “Dolor, alegría y resistencia” Victor Fowler; “¿Ser negro de la Revolución?” José A. Ponte; Declaración del Capítulo Cubano de la Articulación Regional de Afrodescendientes de Latinoamérica y el Caribe (ARAAC) sobre el artículo de Roberto Zurbano.
[4] Alfredo Guevara (1925-2013), fundador del ICAIC y su presidente por dos largos periodos, está entre los ejemplos más escandalosos de esta actitud.
[5] Una vez que cedió el poder, Fulgencio Batista se estableció en los Estados Unidos y no volvió a Cuba hasta el gobierno de Carlos Prío Socarrás. Consultado en 1945 sobre el regreso de Batista a Cuba, Ramón Grau San Martín diría: “Yo no tengo que hacer ningún reparo sobre el regreso de Batista. (…) Ahora bien, de la misma manera que no impido su vuelta, tampoco puedo evitar que alguien lo acuse solicitando que se investigue cómo ha llegado a poseer una fortuna que asciende a más de 20 millones de pesos”  Bohemia, año 37, no 29, 29 de julio de 1945.
La cita ha sido tomada de: Vázquez García, Humberto, El gobierno de la kubanidad, Editorial Oriente, 2005, p. 128. En opinión de Vázquez García, la afirmación de Grau dejaba claro que: “Para regresar a Cuba legalmente, Batista tendría que esperar la terminación del mandato presidencial de Ramón Grau San Martín. Idem p. 129.

domingo, 23 de marzo de 2014

A la revista Espacio Laical


Estimado Roberto Veiga González, editor de la Revista Espacio Laical:
Me dirijo a usted con la intención de comentarle algunas ideas a propósito de la lectura del artículo: «Presidente Obama: tiempo para una política creativa para Cuba» (Espacio Laical, Año 9, No 4/2013), del intelectual exiliado en los Estados Unidos, Arturo López-Levy, conferencista –leo al final del número– de la Universidad de Denver.
Para los que vivimos en Cuba, con la condición de buscavidas que ello acarrea, y pretendemos además realizar una labor como intelectuales, la existencia es en extremo difícil. Si a ese escenario le ponemos el adjetivo “religioso” u “opositor”, más allá de las diferencias entre ambos, todo se vuelve más ingrato. Sospecho lo difícil que es llevar adelante una revista como Espacio Laical, aun respetando la ojeriza oficial a la oposición cubana, lo que nos aleja de sus páginas y eventos. Es por ello, porque los miembros de esa oposición no podemos participar de Espacio Laical,  que me ha resultado contraproducente la publicación del artículo del profesor López-Levy con los comentarios que realiza a propósito de Berta Soler y Guillermo Fariñas.
En su artículo, López-Levy analiza la presencia de Barack Obama en un acto de recaudación de fondos de la Fundación Nacional Cubano Americana donde, al parecer, se reunió con Guillermo Fariñas y Berta Soler.
Dice López-Levy:
 «Algunos análisis de la derecha y de la izquierda han enfatizado un par de fotos del presidente, una con Berta Soler, una señora que dice que la Cuba de la dictadura de Batista era una “tacita de oro” y la otra con el opositor santaclareño Guillermo Fariñas, quien presume de vínculos con militares cubanos identificados con el discurso opositor».
El artículo del profesor López-Levy continúa refiriendo el tema de la intervención de Barack Obama que, según él, «es un cuestionamiento respetuoso a la política de aislamiento contra Cuba por anacrónica», pero lo que me ocupa en este momento es la declaración a propósito de Guillermo Fariñas y Berta Soler y atañe más a la naturaleza de Espacio Laical, que al contenido del artículo.
Fariñas y Soler son dos miembros prominentes de la oposición activa cubana; la señora Soler encabeza el movimiento de las Damas de Blanco desde que pereció su líder fundadora, Laura Pollán. Estas mujeres merecen respeto y tienen una historia de agresiones bárbaras por parte del Estado cubano. Durante años se enfrentaron solas a las movilizaciones que en su contra organizaba la Seguridad del Estado, sin declinar su voluntad de ver a sus esposos libres, los que habían sido encarcelados en uno de esos momentos de frenesí con que Fidel A. Castro supo aterrar a la sociedad cubana por décadas. Estas mujeres supieron hacer del terror una energía movilizadora y, para su orgullo y gloria, vencieron.
Pero la lucha por la libertad de nuestros presos políticos no tiene como gestor solo al grupo de mujeres que conforman las Damas de Blanco. Hay otros dos protagonistas fundamentales: Orlando Zapata Tamayo y Guillermo Fariñas. Como conoce, Orlando Zapata Tamayo llevó hasta sus últimas consecuencias una huelga de hambre, y su deceso, en febrero de 2010, se convirtió en el símbolo del horror sufrido por la oposición y, por extensión, -la finalidad del terror no son sus víctimas- por todo el pueblo cubano bajo el castrismo. Guillermo Fariñas fue, durante los días siguientes a la muerte de Zapata Tamayo, el corazón que mantuvo viva su agonía. Desde su casa se declaró en huelga de hambre decidido a abandonarla solo si nuestros presos políticos, los mismos esposos reclamados por las Damas de Blanco, eran liberados. A la conmoción internacional por la muerte de Zapata Tamayo, se sumó el intenso seguimiento de la condición de Fariñas en un forcejeo insólito con la dictadura cubana que debió, días antes de la muerte del líder opositor, deponer su arrogancia característica y consentir la libertad demandada.
Guillermo Fariñas fue además miembro del ejército cubano y es veterano de la Guerra de Angola, demasiada historia para mencionarlo solo de pasada y caracterizándolo como un presumido. Berta Soler y Guillermo Fariñas siguen hoy enfrentando las más diversas represiones por la decidida actividad opositora que realizan.
No tengo la menor duda de que las generaciones futuras se admirarán de la proeza que antecedió la libertad de nuestros presos políticos. Ambos, Berta Soler como miembro de las Damas de Blanco y Guillermo Fariñas, adquirieron rango de próceres en aquellas jornadas, y no es por gusto que el señor Barack Obama aparece con ellos en la actividad analizada por el profesor López-Levy. Soler y Fariñas son la expresión de esa Cuba que ha cambiado, que demanda en palabras de Obama una transformación de la política de los Estados Unidos hacia nuestro país, pues cuando el proceder que López-Levy califica ahora de anacrónico fue establecido, nuestros opositores eran asesinados frente al pelotón de fusilamiento o confinados por décadas en apestosas celdas sin que el mundo pudiera siquiera saber sus nombres. Los que organizaban semejantes matanzas y confinaban a nuestros compatriotas, los suyos y los míos, eran los mismos caudillos que hoy están al frente de nuestro Estado.
Quiera la suerte que ese necesario cambio de política no olvide a los cubanos que combatimos la dictadura ni a los millones que han padecido un exilio cruel, pues sin dudas –y se lo digo sin menoscabo del respeto que le profeso- no serán Espacio Laical ni Arturo López-Levy los que nos recordarán con la intensidad necesaria.
A la dictadura cubana, es cierto, se le ha hecho mucho más difícil mantener aquellos procedimientos represivos que usó décadas atrás y hoy nos criminaliza por delitos comunes, allana nuestras viviendas robando impunemente nuestros bienes, impide nuestros movimientos y reuniones y quizás nos mata, pero a hurtadillas, lo que explicaría las extrañas muertes de Laura Pollán, Oswaldo Payá y Harold Cepero.
¿Por qué le escribo entonces si no dudo de la admiración extraordinaria que Berta Soler y Guillermo Fariñas despiertan?
Pienso que al reproducir su revista el artículo del profesor López-Levy con semejante comentario, sabiendo que Guillermo Fariñas, Berta Soler y el resto de la oposición cubana tienen cerradas estas páginas por una voluntad ajena a usted y a su equipo de realización, es Espacio Laical y no el profesor López-Levy, que puede tener en su exilio la opinión que la ocasión le merezca, la que sale lastimada. Ha cabido a la prensa castrista la costumbre de ignorar y calumniar a quien le venga en gana a Fidel A. Castro primero y a Raúl M. Castro después, sin dar posibilidad de respuesta a sus víctimas. No creo, en ningún caso, que Espacio Laical debe adquirir semejante práctica.
Admiro el trabajo de Espacio Laical y es por ello que le pido mayor consideración hacia aquellos miembros de la sociedad cubana que estamos privados de aparecer en sus páginas, no por casualidad los mismos que estamos impedidos de aparecer en cualquier sitio oficial o público de Cuba. Creo que ello hará de Espacio Laical una revista de mayor alcance y estima.

Cordialmente,
Boris González Arenas

PD: Ojalá pueda usted publicar este comentario en su revista. Cualquiera que sea la decisión, le pido que me realice un acuse de recibo para saber que, al ponerlo en mi blog (http//www.probidadcuba.blogspot.com), ha sido ya recibido por usted.

Muchas gracias

espaciolaical@ccpfv.arqhabana.org


jueves, 27 de febrero de 2014

Huber Matos


Huber Matos acaba de morir hoy 27 de noviembre de 2014 en la ciudad de Miami.
Años atrás pude leer “Cómo llegó la noche” y es casi todo lo que sé del Comandante Huber Matos.
Ya se fue y no lo pudimos recibir en Cuba, mostrarle su patria y escucharlo dirigirse a todos los cubanos.
Otra de tantas necesidades pendientes que se nos va sin remedio.
Demasiado odio se tiene que poder movilizar desde la nada para traicionar a quienes te acompañan, te siguen o te protegen.
Es esa nada con la que el castrismo fundó su perdurabilidad y Huber Matos fue una de sus primeras víctimas.  
No estoy convencido de que la muerte sea un mal acompañante, importante como es, sus cavilaciones no pueden ser triviales.

No le pido a Dios, le pido a la muerte, que guíe a Huber Matos en este camino, lo distinga, le converse, y que recuerde muy bien cada detalle, pues de ello quiero que me hable cuando sea a mí al que acompañe.
Boris González Arenas

lunes, 23 de septiembre de 2013

De cómo Roberto Carcassés desenmascaró a John Wayne


John Wayne pregunta a la joven si conoce el significado de la cinta amarilla en el cabello. La joven le comenta que sí, ella está enamorada y esa cinta significa que espera a un hombre. En realidad la joven vacila entre dos jóvenes oficiales del campamento que se disputan su preferencia.
En Cuba corre el mes de septiembre del año 2013 y René González, un ex agente de la Inteligencia Cubana que cumplió una condena en prisiones de los Estados Unidos, dirige ahora, ya libre, la campaña por la liberación de cuatro compañeros suyos que, en este mes, cumplen quince años de condena en aquél país. Son los Cinco Héroes.
John Wayne debe transportar a la joven y su madre, hija y esposa de otro oficial del campamento, sanas y salvas, a territorio seguro. Corren los tiempos de la expansión hacia el Oeste. Entre el sitio en que se encuentran y el territorio libre de peligro se encuentran los malvados indios, cuya crueldad no tiene límites.
René González ingenia, en medio de la misión para salvar a los otros héroes, que todos los cubanos llevemos, en vísperas de un nuevo aniversario de su entrada en prisión, una cinta amarilla sobre nuestro cuerpo o en algún lugar visible, como muestra de que, ansiosos, esperamos la llegada de sus compañeros, que también son los nuestros.
La película se llama She Wore a Yellow Ribbon, lo que traducido literalmente significa: Ella usaba una cinta amarilla. Fue realizada en 1949 por el director de cine norteamericano John Ford. El otro episodio forma parte de la campaña por el regreso de los llamados “Cinco Héroes”. En ambos, el evento histórico y la ficción han sido mezclados para producir un mismo fin: dar a la realidad rango de leyenda.
El cine del Oeste hizo común que los indios aparecieran como despiadados criminales en tanto el ejército norteamericano lo hacía como el contingente benefactor y justiciero en un gran ejercicio de manipulación de la realidad histórica. En She Wore a Yellow Ribbon se inserta la relación de la joven con dos oficiales y, añadida, aparece la cinta amarilla como adorno sentimental. No fue hasta dos décadas después de realizada esta película, que el cine norteamericano mostró campamentos indios, con niños, mujeres y ancianos, arrasados por los soldados yanquis; la brutalidad de la usurpación de las tierras indias manifiesta y el mito del buen hombre blanco hecho trizas.
A una manipulación semejante se dispuso el aparato de gobierno de Raúl Castro cuando convidó a los cubanos, tan acostumbrados a que un convite demande asistencia obligatoria, a que adornaran con cintas amarillas lo mismo la ropa que llevaban puestas, que sus balcones o autos. Al parecer el juicio de los espías cubanos tuvo irregularidades, resultando que las penas impuestas excedieran la gravedad de los hechos imputados. Nunca un exceso como el que dejó sin juicio a los asesinos que condujeron el barco que impactó el transbordador Trece de Marzo en 1994 dejando su pesada carga humana, niños mediante, al vaivén del mar embravecido. Frente a semejante crimen, el exceso en las condenas de los espías cubanos aparece como un relativo error de procedimiento. Parecería que tan solo por infiltrarse en la comunidad de cubanos a la que el castrismo, con el control absoluto de las políticas de la nación con sus emigrados no deja de extorsionar, aprovechando sus vínculos filiales y emocionales con la patria que dejaron atrás, los espías cubanos tienen bien impuestas sus condenas. Pero si demandamos un estado de justicia para Cuba, con más razón tenemos que ser justos en la condena de los que conspiran contra él.
Al estilo de la película de John Ford, la cinta amarilla es una herramienta que busca introducir cierta sentimentalidad en el episodio político. Una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad y la maquinaria montada por el castrismo parecía estar llegando a buen puerto. Para concluir la jornada por el regreso de “Los Cinco” se convocó, el pasado jueves 12 de septiembre –los organizadores debieron observar que el día siguiente sería viernes 13– un gran concierto donde coincidirían muchos músicos cubanos. Al parecer todo se desarrollaba como se había previsto hasta que, de pronto y sin anuncio previo, frente a las cámaras de televisión que en vivo transmitían para todo el país, uno de los músicos invitados, Roberto Carcassés, convirtió el episodio de las cinticas y toda la parafernalia montada, en una mueca falta de gracia; como si John Wayne llegara a su casa y encontrara, al final de la película, que su mujer usa la cinta amarilla en las relaciones con su amante, un indio fornido como el que combatía hasta el día anterior.
Roberto Carcassés demandó que, junto con “Los Cinco”, se libere el acceso a la información, que se elija al presidente por voto directo en una Cuba donde el castrismo encontró improcedente algo tan elemental, que no se distinga entre militantes y disidentes pues todos somos cubanos y que se acabe, junto con el bloqueo, el autobloqueo, que es la manera como muchos cubanos han llamado históricamente a las tantas trabas que el estado impone al desarrollo nacional. Mientras cantaba, pues toda esta petición la hizo cantando, el coro repetía: Quiero, acuérdate que siempre quiero.
Desconcertante debió resultar a los quinientos metros cuadrados de guayabera que tenía frente a sí, con sus diversos tipos de stress, relacionados todos con la omisión del criterio y la represión de la inteligencia, la demanda de Roberto Carcassés. En una declaración pública que realizó al día siguiente del evento, el músico reiteró sus palabras no sin identificarse con la causa de la libertad de los espías, incluso llamándola por el nombre que el gobierno cubano da a la misma, “El caso de los Cinco”. Y concluye Carcassés: “Me importan los Cinco, pero me importa mi vida y la de los demás también”.
En el futuro, a muchos les dolerá haberse asimilado al estado de cosas impuesto por el castrismo; haber contrastado brutalmente lo que se pensó de lo que se dijo, y haber acudido frenético a aplaudir en las pantallas el delirio de turno del dictador, les dolerá haber humillado a la gallardía y el valor en pos del reconocimiento. Será doloroso, como se duelen tantas personas capaces, al ir a la tumba con las páginas de sus libros en blanco o las líneas de sus pentagramas vacías. Nada de eso le pasará a Roberto Carcassés, tal es el poder del instante.

Boris González Arenas
 Lunes 23 de septiembre, 2013
                                                                                    

lunes, 16 de septiembre de 2013

Las cuentas de la memoria

                                             
   En los últimos años ha aumentado, en los países latinoamericanos, el ajuste con la memoria de las dictaduras que en el pasado las oprimieron brutalmente. Los ciudadanos de aquellos países que hoy disfrutan de la democracia constataron, con la llegada de la libertad, porque no hay libertad en las dictaduras –no es libre el millonario que se ha hecho con leyes de excepción, el que camina despreocupado porque no ejerce la política ni el que escribe un libro escondiendo lo que piensa-, que haber renunciado al ejercicio de su soberanía fue el mejor favor que pudieron hacerle a los déspotas.
   Por estos días la Asociación Nacional de Magistrados del Poder Judicial de Chile ha hecho pública una declaración en la que pide perdón, con mayúsculas, por la enajenación de sus funciones de salvaguardar la justicia durante el periodo de la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet. El documento afirma que: “El  Poder Judicial pudo y debió hacer mucho más, máxime cuando fue la única institución de la República que no fue intervenida por el gobierno de facto”. La afirmación anterior es lúcida, a las instituciones intervenidas resulta más difícil demandarles responsabilidad cívica cuando sus funcionarios son cómplices puestos “a dedo”. Pero cuando una institución no es intervenida y, por la amenaza que supone ejercer sus funciones en un gobierno autoritario, acepta pervertirse en favor del nuevo orden, sus miembros se cubren de ignominia y destruyen en días lo que demora años construir: el respeto y la dignidad.
  En Cuba será mucho más difícil este proceso de revisión interna. Descontinuada la institucionalidad republicana, el estado de cosas emanado del gobierno de Fidel Alejandro Castro Ruz supuso la construcción de entidades que siempre estuvieron a medio camino entre la institución y la herramienta de control político. Exorbitantes penas de prisión y fusilamientos son aplicados a los opositores del gobierno sin que medie ninguna defensa efectiva. Burócratas que disfrutan del protagonismo político son desahuciados en medio de vejaciones, ya sea desde una estructura de propaganda ideológica difusa, como desde la tribuna o la letra del caudillo barbado. Los presupuestos de la nación han sido manejados al antojo de Fidel y su inefable hermano, aumentando o disminuyendo las asignaciones, devaluando la moneda o creando otra a su cuenta y sin riesgo. Con tal actitud los cubanos vimos caer una a una las que debían ser nuestras instituciones más sagradas. La justicia, la economía, la prensa, las prestaciones sociales, todo ello devino ruina cuando todavía no era edificio. Las instituciones armadas han sido viciadas con la regalía y el premio, dando por resultado que el ejército que en 1989 volvió de África orgulloso y autosuficiente, no puede exhibir entre su jerarquía hoy mucho más que un conjunto de arribistas cómplices.
   El pueblo de Brasil recuerda el papel que jugaron tres instituciones durante la última dictadura militar en aquel país: la prensa, la justicia y la Iglesia Católica. No parece que los cubanos vayamos a deberle a institución alguna su actitud en los tiempos del castrismo. A un puñado de religiosos, periodistas y abogados sí; pero tanto como a otro puñado de mecánicos, carpinteros o militares. Difícil es que alguna institución cubana pueda marcar un antes y un después en el ejercicio autoritario estatal en Cuba. Tan difícil, que me atrevería a afirmar, aun deseándolo, que no será posible.
   Hoy se cumplen cuarenta años del golpe militar que presidió Augusto Pinochet, abriendo para Chile casi dos décadas de opresión y muerte. El reconocimiento de la complicidad y la cooperación puede ser doloroso, pero es la única vía para relacionar de nuevo la dignidad con aquella que se perdió para siempre en las primeras horas del 11 de septiembre de 1973. Los que renuncien a ello, irán a la tumba íntegros físicamente, pero habrán dejado en el camino de la vida trozos muchos más preciosos que un bulto de carne.

Boris González Arenas
11 de septiembre de 2013

domingo, 21 de julio de 2013

Acusando recibo desde los dominios del límite



    El compañero Raúl Modesto Castro Ruz acaba de asegurar, en un discurso ilustrador, que: “conductas, antes propias de la marginalidad, como gritar a viva voz en plena calle, el uso indiscriminado de palabras obscenas y la chabacanería al hablar”[1] han trascendido sus espacios naturales para abrirse paso en toda nuestra sociedad. No se refiere, creí entender, a “abrirse paso” como estamos acostumbrados a hacerlo en una guagua de cualquier sitio del país que aún conserve el servicio de ómnibus urbanos, empujando y mirando atravesado, con la violencia manifiesta, con el sudor ardiendo en nuestros ojos y todos los malos olores de una población de aseo deficiente acumulado por décadas, casualmente las mismas que ha durado su gobierno, al frente de las armas primero, sobre nuestras almas después.
   Compañero al fin, Raúl es uno más entre nosotros. ¿Quién no le ha visto en ayunas en 23 y 26, cerca de su apartamento en el Vedado, subir a una guagua cualquiera que lo acerque a la Avenida Paseo para después seguir camino a pie hasta el Ministerio de las Fuerzas Armadas, donde trabaja? Es un gran esfuerzo para sus escoltas evitar el roce de los pasajeros y cuidarle del cuchillo traidor que, aun mellado, puede dar fin a su vida. El cubano está acostumbrado a esto, su hermano Fidel rechazó una y otra vez el confort y el lujo que caracterizan el ejercicio político en otros países del mundo. Nada de costosas amantes de ocasión ni permanentes, cero comilonas solemnes u oficiales; sus hijos en nuestras escuelas, su familia al amparo de nuestras leyes y sus enfermedades tratadas en nuestros mismos hospitales.
    Por ello le cabe toda la autoridad al compañero Raúl para señalar: “lo más sensible es el deterioro real y de imagen de la rectitud y los buenos modales de los cubanos”.[2] Se ampara, no en una valoración superficial, sino en un “levantamiento” realizado –afirma el comandante- por el Partido y los organismos del Gobierno que ha arrojado la sorprendente cifra de ciento noventa y un fenómenos negativos,[3] lo cual sorprende por su precisión y habla del espíritu intransigente del revolucionario, pues en conteos semejantes hechos durante la república anterior a la revolución los fenómenos negativos llegaron a 101 354 (1936) y 209 167 (1951),[4] acusando en el presente una diferencia claramente positiva. Aseguran los que vieron la lista que allí se encuentra (Irregularidad número 17) la práctica de relaciones sexuales en sitios indebidos como parques, cines, oficinas, guaguas y locales abandonados; que sustituyen hoy los antiguos hoteles baratos, casas de citas y posadas, tan asociados al sexo fortuito y la infidelidad conyugal, impropias de un revolucionario. Otra irregularidad presente en el documento (número 44) es el hurto a los campesinos, quienes dejan de sembrar por no poder contener la ola de depredadores que acuden en bicicletas, triciclos, motos, caminando y con muletas, para substraer cualquier cosa que puedan vender luego o comer. La irregularidad número 71 no sorprende, pues ha sido denunciada en nuestros medios de prensa y es aquella que toca el delicado tema de la vivienda y los modos indebidos con que no pocos inescrupulosos las construyen. Proliferan las casas que usan como sostén los angulares retirados a torres de alta tensión eléctrica, como ventanas las sustraídas a ómnibus de transporte público u obrero, con puertas robadas a instalaciones estatales en las que después resulta común ver a empleados defecar sin la debida intimidad. ¿Quién no ha visto un hogar donde se separa la sala del baño con una sábana que en una esquina tiene un número de inventario, o donde unos niños se lavan la boca usando, para sacar el agua de un tanque viejo y oxidado, una vasija substraída de un salón de cirugía? Estos datos sobre las irregularidades pueden ser, no obstante, obra de fabuladores siempre prestos al chisme y al chanchullo, distantes de la práctica oficial.
    Ha dicho Raúl: “se ignoran las más elementales normas de caballerosidad y respeto hacia los ancianos, mujeres embarazadas, madres con niños pequeños e impedidos físicos. Todo esto sucede ante nuestras narices, sin concitar la repulsa y el enfrentamiento ciudadanos”.[5] Modestamente, pienso que esto no es del todo cierto. Si bien la solidaridad tradicional ha desaparecido, surge un nuevo modo de ayuda al prójimo, una “solidaridad al límite” practicada por los cubanos más disímiles sin distinciones de género, raza, edad ni lugar de origen. El objeto de esta solidaridad son aquellos que tienen dificultades manifiestas para lidiar con los rigores de nuestro cotidiano, precisamente las mujeres embarazadas, los ancianos, los niños y los impedidos físicos que señalara el comandante. Frente a tales personas no es difícil comprobar que el frenesí y la violencia que se han vuelto imprescindibles en nuestra vida diaria, se atenúan para procurar dar paso a la embarazada en el pasillo aunque le moleste al que tenemos delante y debamos hacerle comprender con algunos golpes; favorecer al ciego en la repartición de algún bien, aun sabiéndole incapaz de percibir si le dieron la mala; o cargarle la jaba a cualquier anciano sin robarle nada de lo que lleva adentro. No todos son solidarios siquiera de esta manera, pero tal actuar existe y conmueve en una población carente y desesperanzada.
    “Lo real, afirma el compañero Raúl, es que se ha abusado de la nobleza de la Revolución, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado que fuera, privilegiando el convencimiento y el trabajo político, lo cual debemos reconocer que no siempre ha resultado suficiente”.[6]
    No ha faltado quien comenta que por párrafos como el anterior transita una nueva amenaza  para la población cubana, afirman que el comandante encubre una ola de depredación estatal contra el comercio privado, con un llamado a las buenas costumbres y la honradez. Para fundamentarlo se basan en recientes arremetidas contra los cuentapropistas, multándolos con cifras descomunales, confiscando sus mercancías y demoliendo sus locales, todo envuelto en las irregularidades propias de nuestro sistema legal que deja al afectado con pocas posibilidades de reclamación, y en una ley de impuestos aprobada meses atrás que succiona el cincuenta por ciento de la ganancia del comerciante.
    Aun así me cuesta creerlo, pues la misma familia del comandante tiene intereses monetarios en nuevas áreas de desarrollo económico, o al menos eso se comenta. Hay quien dice que su yerno es el mánager del área del Mariel, que tiene multimillonarias inversiones de gobiernos extranjeros, principalmente de Brasil, para su desarrollo como puerto; su hijo es un alto jerarca del Ministerio del Interior, institución que ha tenido, tradicionalmente, grandes intereses económicos y empresas a su arbitrio, y su sobrino es un campeón de golf, deporte que busca desarrollarse en nuestras tierras y al parecer es un suculento negocio puesto bajo su tutela. ¿No sería un sinsentido que el comandante atentase contra los intereses de su propia familia?
    De tener razón los cuentapropistas, y sería mejor para el bien del país que no la tengan, habría que coincidir con Raúl Modesto en que ha crecido en nuestro país la desfachatez, pero habría que incluirlo a él como nuestra mayor vulgaridad y a su discurso como la más reciente de nuestras groserías.
                                                                                 Boris González Arenas
                                                                                    19 de julio de 2013




[1] Raúl M. Castro: La pérdida de valores éticos y el irrespeto a las buenas costumbres puede revertirse mediante la acción concertada de todos los factores sociales. Intervención del General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en la Primera Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el 7 de julio de 2013, “Año 55 de la Revolución”, Juventud Rebelde, 9 de julio de 2013, p. 4.
[2] Ídem.
[3] Ídem.
[4] Estas cifras me las dio Cheo Guzmán, custodio de un cine de la Avenida Ayestarán, que se desempeñaba como carretillero en la década del cincuenta y se hizo traductor del idioma uzbeko en la década del setenta. En el año 1989 Cheo quedó sin trabajo y desde entonces se desempeña como vigilante.
[5] Raúl M. Castro, ob.cit., p. 4.
[6] Ídem.


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