martes, 25 de marzo de 2014

Camino al poder a través de la Revolución

Mariela Castro Espín junto a su hermano Alejandro Castro Espín elheraldo.hn

publicado en Diario de Cuba el 23 de marzo de 2014

Cuando el 4 de Septiembre de 1933 Fulgencio Batista encabeza el movimiento militar que, aunado con las fuerzas antimachadistas depone al Presidente Carlos Manuel de Céspedes, no era el sargento la principal figura del movimiento ni la única. Acordó la Junta de los Ocho, como fue conocido el grupo que lideró el cuartelazo en la fortaleza de Columbia, que la jefatura del ejército fuera rotatoria. Pero Batista emergió de la Revolución como el principal líder militar y consiguió, con ello, ser el protagonista político de la Cuba de entonces. Controló el ejército en enfrentamientos sistemáticos con los mandos que no le eran adictos, estableció relaciones con Benjamin Summer Welles –embajador de Estados Unidos que debió ver cómo sus preferidos, la vieja oficialidad y los políticos asociados al machadato, cedían terreno ante el empuje de una joven generación de políticos ambiciosos y dispuestos-; y emergió como una figura de orden en medio de la euforia revolucionaria.
Llegado el momento de cumplir el compromiso y ceder la jefatura del ejército, era Fulgencio Batista lo suficientemente fuerte para desconocerlo. Cuenta Ciro Bianchi que Mario Alfonso, miembro de la Junta de los Ocho, demandó a Batista su cumplimiento. Batista lo denunció por un supuesto golpe de estado que Mario Alfonso habría planeado, pero antes de que se efectuara su detención, en plena  noche, Mario Alfonso, una de las figuras fundamentales del movimiento militar del cuatro de septiembre, fue asesinado.[1]
La muerte de Mario Alfonso es la constatación del cambio de liderazgo que se había operado durante el proceso de afirmación del poder revolucionario que va del cuatro de septiembre del 33 hasta su ultimación en agosto del 34. El paso del liderazgo colectivo al liderazgo único tiene que establecerse con rapidez pues, desde que se constata su intención, comienza también el movimiento de fuerzas contrarias a que se realice.
Al liderazgo no se llega por la reunión de un grupo de sujetos en torno a alguien providencial. Ese es el mito creado por los aparatos de propaganda ideológica. Un mito semejante fue creado alrededor de Gerardo Machado, de Fulgencio Batista, de Fidel A. Castro y será el relato que se construirá en cualquier sitio donde el personalismo se impone tras despertar la ambición de los que inicialmente encabezaban movimientos de renovación de cualquier orientación ideológica. Los liderazgos que emergen en los procesos revolucionarios son siempre una elección coyuntural, será durante el protagonismo posrevolucionario que al hombre ambicioso se le revelará su preciosidad.
La Revolución cubana de la década del cincuenta no es una excepción. Los revolucionarios que se agruparon para subvertir el poder político solo podían hacerlo en condiciones de igualdad. Más allá de la función social de los revolucionarios, de su origen económico o del color de su piel, es el riesgo colectivo el que les enlaza, y la posibilidad de la muerte la que consigue difuminar los contornos de la individualidad. El triunfo será el único evento que puede zanjar el peligro. “En una revolución se triunfa o se muere”, tal fue el modo de manifestar, Ernesto Guevara, el sentimiento común a la subversión revolucionaria.[2] Pero una vez que se triunfa, zanjada la inminencia de la muerte, el constreñimiento de la individualidad se vuelve inoperante y el resurgir de la singularidad será convocado por un peligroso fermento: el poder político.
No era intención, del revolucionario blanco y racista, que una vez obtenido el triunfo se compartiera con los negros el protagonismo social y económico.[3] Tampoco el que pretende beneficios de aristócrata, sumado a la revolución como uno más, dejará de realizar sus ambiciones en la sociedad pos revolucionaria.[4]
El triunfo revolucionario convoca a la individualidad y el poder político le confiere posibilidades de realización descomunales.
Fulgencio Batista, un militar de ascendencia muy humilde, promovería en la década del treinta la modernización del ejército, el mejoramiento de la infraestructura escolar y sanitaria del país y se agenciaría de modo fraudulento una enorme fortuna para distanciar la humillación que la miseria produce. Pero al convocar una Asamblea Constituyente legítima, cortó la posibilidad de seguir concentrando el poder político y económico de la nación. Contra el deseo de no pocos militares acogió la nueva Constitución, resultó electo presidente ya en democracia en el año 1940, y en 1944, llegado el fin de su mandato, declinó nuevamente las presiones de subordinados continuistas y cedió el poder a su enemigo Ramón Grau San Martín, sabiendo que eso implicaba su distanciamiento del país.[5]
La revolución de 1959 no tuvo este corte democratizador, los líderes que sobrevivieron a las purgas castristas adquirieron rangos extraordinarios y su presencia al frente de cualquier institución le confirió una independencia e importancia muchas veces superior a los ministerios a los que en apariencias estaban subordinados. Tal es la historia de la Empresa Flora y Fauna a cargo del comandante Guillermo García, el Hospital Psiquiátrico de la Habana a cargo de Bernabé Ordaz, la Federación de Mujeres a cargo de Vilma Espín; tales son también todas las empresas, ministerios, fundaciones, academias, institutos sobre las cuales solían desplazarse Ramiro Valdés, Juan Almeida Bosque, José Millar Barruecos, Ulises Rosales del Toro, José Ramón Machado Ventura y tantos otros. Tal es también la versión moderna de esta tradición que consiste en distribuir descendientes a la cabeza de diversos espacios. Quizás los más conocidos son Antonio Castro, manager de managers de la pelota cubana y presidente de la Federación Médica Deportiva, e hijo de Fidel Castro; Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual que, bajo su larga égida se ha convertido en un rutilante palacio en el medio del Vedado habanero, o Alejandro Castro, que según algunos, desempeña la jefatura efectiva del Ministerio del Interior, ambos hijos de Raúl Castro.
En las dictaduras, los años agravan el problema del cambio, y ni siquiera una revolución, con su tremenda disposición a la mudanza, puede aguantar eternamente los tirones en sentido contrario. La ambición se procura, como todos los vicios, una lógica que la conserve.

Boris González Arenas





[1] Bianchi Ross, Ciro “Contar a Cuba. Una historia diferente” Editorial Capitán San Luis, 2012 p. 130
[2] Carta de despedida de Ernesto Guevara a Fidel A. Castro, leída en el Teatro Chaplin (hoy Carlos Marx) el día 3 de octubre de 1965. Tomado de: Habla Fidel. 25 discursos en la Revolución. Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana 2008, p.246
[3] En el año 2013, a propósito de un texto publicado por el intelectual Roberto Zurbano en el periódico Nueva York Times, se produjo un intenso debate sobre la situación social del negro a más de cincuenta años de la Revolución de 1959. Quedaron expuestas muchas de las discriminaciones que siguen padeciendo los negros en Cuba y la interrogante que se abre frente a los cambios que han comenzado en nuestro país mientras siguen sin plantearse soluciones urgentes al tema de la discriminación racial.  Véase: “Para los negros en Cuba la Revolución no ha terminado” y “Mañana será tarde: escucho, aprendo y sigo en la pelea” ambos de Roberto Zurbano; “Dolor, alegría y resistencia” Victor Fowler; “¿Ser negro de la Revolución?” José A. Ponte; Declaración del Capítulo Cubano de la Articulación Regional de Afrodescendientes de Latinoamérica y el Caribe (ARAAC) sobre el artículo de Roberto Zurbano.
[4] Alfredo Guevara (1925-2013), fundador del ICAIC y su presidente por dos largos periodos, está entre los ejemplos más escandalosos de esta actitud.
[5] Una vez que cedió el poder, Fulgencio Batista se estableció en los Estados Unidos y no volvió a Cuba hasta el gobierno de Carlos Prío Socarrás. Consultado en 1945 sobre el regreso de Batista a Cuba, Ramón Grau San Martín diría: “Yo no tengo que hacer ningún reparo sobre el regreso de Batista. (…) Ahora bien, de la misma manera que no impido su vuelta, tampoco puedo evitar que alguien lo acuse solicitando que se investigue cómo ha llegado a poseer una fortuna que asciende a más de 20 millones de pesos”  Bohemia, año 37, no 29, 29 de julio de 1945.
La cita ha sido tomada de: Vázquez García, Humberto, El gobierno de la kubanidad, Editorial Oriente, 2005, p. 128. En opinión de Vázquez García, la afirmación de Grau dejaba claro que: “Para regresar a Cuba legalmente, Batista tendría que esperar la terminación del mandato presidencial de Ramón Grau San Martín. Idem p. 129.

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