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domingo, 2 de diciembre de 2012

Por Estado de SATS II. La libertad de Antonio Rodiles

James Ensor: Cristo entrando en Bruselas

Finalmente hemos celebrado la libertad de Antonio Rodiles, fue el lunes 26 de noviembre de 2012, diecinueve días después de su arresto brutal frente a la Sección Veintiuno de la Depauperada Salubridad del Estado, conocida también como DSE. Pedazo, trozo, cacho, toda sección remite a falta de integridad, coraje, plenitud. Puede referir también algo en construcción, aspiración de incrementar su dignidad, llegar a ser. Nada de eso existe en este caso, los llamados Órganos de la Seguridad del Estado de Cuba cocinan las acciones a la sombra: donde un ciudadano habla, ellos cuchichean, donde una mujer íntegra se erige en tribuno frontal, ellos buscan el costado, la mentira.
Antonio Rodiles fue golpeado, más aún, insultado, vejado; una de sus manos fue machacada por una mujer con el tacón de su zapato aprovechando que Antonio las tenía apoyadas sobre el carro policial al que se negaba a entrar. Antonio vio a la mujer y cuenta que ella reía. Esa risa la hemos visto ya, en los videos de acoso y golpeaduras a las Damas de Blanco, en una situación similar contra Reinaldo Escobar, en las imágenes de las marchas frente a la Embajada del Perú, en los conductores del barco responsable del hundimiento del transbordador Trece de Marzo que en agosto de 1994 llenó de muerte el horizonte habanero, en los testimonios de las víctimas de tantas décadas de incitación a la barbarie desde la tribuna esclerosada. Es una risa infrahumana; quienes la profieren, hombres o mujeres, parecen haber curtido el rostro durante décadas para llegar a esa mueca sórdida. Pero estuvo también antes, mucho antes, quizás ha estado siempre. El pintor James Ensor la reprodujo en 1888: es el público que recibe a Jesús en su cuadro Cristo entrando en Bruselas.
Han sido días duros para todos, días de incertidumbre. Su arresto ocurrió horas después de la victoria electoral de Barack Obama. Antonio estaba enfrascado en la recogida de bienes de consumo para enviar al oriente del país, donde los destrozos del huracán Sandy parecen insalvables mientras el dengue y el cólera siguen haciendo estragos. Es también Antonio el Coordinador Nacional de la campaña Por otra Cuba, que ha sido articulada a nivel nacional con algunas de las figuras más interesantes de la sociedad civil, consiguiendo que los ciudadanos cubanos se familiaricen con el Pacto de los Derechos Políticos y Civiles y el Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, que fueron firmados por el gobierno cubano en febrero del año 2008, pero que requieren ser ratificados para que nuestro sombrío sistema legal tenga que reformarse a su tenor. Se suma a todo ello Estado de Sats, su proyecto originario, las entrevistas, la organización de encuentros, los programas de cine, las publicaciones periódicas.
Sus días de prisión, sin embargo, nos acercaron más a Antonio Rodiles, sus amigos hemos podido estar más cerca de su papá y su mamá de lo que habíamos estado antes. Hemos comprendido el origen de su osadía. Su mamá no paraba de trabajar y atendernos, sugerir ideas, participar de nuestras actividades, salir en nuestras fotos, rubricar nuestros documentos. Es un placer su presencia en esas imágenes y que su firma participe con la nuestra. Un gran placer.
También compartimos con su papá. Todos hemos admirado esa disposición del padre de Antonio a servirle de compañía en sus andanzas. Quedándose siempre dentro del carro destartalado mientras Antonio sube a nuestras casas. ¡Qué humildad en alguien con su historia! Me emociona pensar que algún día puedan mis hijos estar en peligro y sea yo el que no me despegue de ellos con tal de exponer mi cuerpo anciano a las embestidas de las bestias. Los padres son una fuerza sobrenatural y en el caso de Antonio Rodiles esa potencia está por entero a su servicio.
Otra persona se destacó en especial en estos días de zozobra en que tan al tanto estuvimos todos: Claudio Fuentes Madan. Claudio fue apresado al día siguiente de la detención de Antonio mientras demandaba su libertad frente a la estación de policía que está en la Avenida Acosta, en el municipio Diez de Octubre. Estaban con él Ángel Santiesteban y Yoani Sánchez, entre otros. No fue hasta dos días después, el domingo 11 de noviembre, que Claudio salió libre. Desde ese momento acompañó a los padres de Antonio hasta conseguir que ellos sumaran, a la zozobra por ver llegar al hijo de la prisión, la inquietud por ver llegar a Claudio cada noche.
Hay ocasiones en que ni siquiera son necesarias pocas palabras para entender. Nada dijeron de la detención de Antonio los periodistas de los medios de difusión oficiales, esos difusores del miedo; tampoco habló el Minint ni el Comisionado Nacional de Béisbol, ni el general que levantó la mano en 1989 aprobando la muerte de su compañero de tantos años, para regresar a su casa y conservar el juego de muebles, la esposa joven y la poca vida que queda después de la traición.
En todo sistema social crecemos parejos los que amamos la libertad y los que la desprecian y se avergüenzan frente a ella, retorcimientos estos últimos para los que el castrismo es levadura generosa. Frente a Antonio Rodiles, y los bravos que le acompañaban el pasado día 7 de noviembre de 2012, estos esbirros pudieron percibirse por un instante de lucidez en toda la degradación que les conforma; ni el uniforme verde olivo, ni las estrellas del hombro, ni la miserable cohorte de oportunistas viciados, impiden en el enfermo de mal el impacto de tal instante. Doloroso debió haber sido, tan doloroso que al encimarse a Antonio no pudieron evitar, ni el frenesí canallesco, ni la risa histérica de las hienas.

Boris González Arenas
1 de diciembre 2012

lunes, 10 de septiembre de 2012

Por Estado de Sats

El pasado sábado primero de septiembre, un grupo de personas nos reunimos en 110 y 31, frente a una antigua estación de policía (de las que no fueron convertidas en escuelas) y una casa (de las que fueron convertidas en cuarteles) que cobija una unidad  del Departamento de la Insalubridad del Estado, más conocida como DSE. La razón de nuestra presencia allí era manifestar el rechazo al entorpecimiento que ha tenido en los últimos meses, para su desempeño, Estado de Sats.
Organizado por Antonio Rodiles, Estado de Sats reúne y da voz a la sociedad civil cubana en un espacio independiente de condicionantes políticas: pero no es fácil. Desde hace algún tiempo, numerosos asistentes son secuestrados por unas horas y en ocasiones la retención llega a los especialistas invitados.
Los secuestradores no son otros que los oficiales de la insalubridad descrita. La mañana del sábado 1 de septiembre arrestaron a Orlando Luis Pardo Lazo, quien esa noche debía presentar a los ganadores del concurso Nuevo Pensamiento Cubano. Harto, Antonio convocó a un grupo de amigos para que fuéramos con él a la Unidad de la Inseguridad del Establo, más conocida como DSE –cambian de nombre por problemas de seguridad- para exigir la inmediata liberación de Orlando Luis y el cese de los secuestros que entorpecen la realización de Estado de Sats.
Las detenciones para evitar la protesta convocada por Antonio comenzaron bien pronto. Cuando yo estaba llegando pude ver que el músico Ciro Javier Díaz estaba detenido a unos doscientos metros del lugar de reunión. Ciro estaba sentado y esposado, al menos eso me pareció pues sus manos estaban persistentemente escondidas detrás de la espalda y rodeado de hombres rollizos (ya esclareceré el por qué de esta denominación) que no parecían miembros de ninguna agrupación musical ni siquiera “Pupy y los que son, son”.
La avenida treinta y uno es una céntrica avenida habanera que en la calle ciento diez (el punto de encuentro establecido por Antonio Rodiles) está próxima a concluir –o comenzar- en la entrada del Hospital Militar. Ciro, el de La Babosa Azul y Porno para Ricardo, estaba detenido en la esquina de treinta y uno y veinticinco, justo donde la avenida veinticinco se estrella contra el campo de deportes –lo que queda de él, del preuniversitario Manolito Aguiar (no voy a explicar quién fue Manolito Aguiar, porque por la sólida formación en historia que recibimos en nuestras escuelas, todo el mundo sabe que era de Marianao y murió peleando a tiros contra Ramón Calviño Insúa, uno de los asesinos de la dictadura anterior, que murió a tiros de la actual, poco después de ser apresado en Girón en Abril de 1961).
Pues bien, entre 25 y 31 y 114 y 31, los espacios donde funcionó el sistema de detención, estábamos nosotros. Poco después de yo llegar, en un carro de diez pesos, los “rollizos” decidieron cerrar el fragmento de avenida descrito y con ello cerrar la posibilidad de que siguieran llegando convocados al llamado de Antonio Rodiles en alguno de los cientos de carros que toman por esa avenida en ambas direcciones. El movimiento en esa avenida un sábado por la noche no fue tenido en cuenta por quienes consideraron que quince personas éramos peligro suficiente como para comenzar un absoluto plan de aislamiento. Así permanecería la calle, cerrada por unas horas más y manteniéndonos en alerta, por la sospechosa reunión de personas al alcance de nuestra vista.

 
Así lució la calle desde el lugar donde estábamos reunidos
Foto: Claudio Fuentes Madan

En algún momento dobló frente a nosotros y se internó en la estación de policía, un pequeño jeep que llevaba unas cuatro mujeres vestidas en pijamas, quienes no dudamos que serían las amas de casa que, como en otras ocasiones, fungirían como el sector femenino del vecindario ofendido.
Fueron varias horas. En algún momento escuchamos salir del patio de la casa del DSE (Departamento de los Saciados por el Estado) voces, muy profesionales, que auguraban una confrontación en la que recibiríamos golpes a la altura de nuestra estatura, pues afirmaba una de las voces que le dejaran al fuertecito a él.
Cerca de la medianoche y poco después de que abrieran el tráfico de los dos carriles, unas cuatro horas después de haberlo cerrado, recibimos la noticia de que Orlando Luis Pardo Lazo estaba en libertad –no en el antiguo Cuartel Columbia convertido en escuela y ruinas- si no en la calle, liberado por sus mismos captores. Aún así decidimos que no nos moveríamos de allí hasta que los más de diez detenidos de ese día salieran en libertad. Nos dirigimos, unos doce, a la entrada de la casa (hoy cuartel) y ahora puedo explicar el por qué de mi apelación a la palabra “rollizo”: el parqueo de la unidad, bastante oscuro todo, parecía una reunión de gorditos, sería una calumnia del imperialismo decir que todos eran gordos, pero había un alto número de ellos. El lector hasta este momento puede pensar que mi insistencia en el excesivo peso de nuestra oficialidad obedece a algún prejuicio con el mundo obeso, pero en realidad es a la tristeza que me produce ver las escuelas con nuestros niños demasiado delgados y constatar los pobrísimos almuerzos escolares, o ir a cualquiera de los hospitales dispuestos para tratar de contener la recurrente epidemia de dengue de la que no se habla y donde el almuerzo pueden ser unos coditos tal como vinieron al mundo pero un poco más blandos. Ese contraste alimenticio es suficiente como para exigir a nuestras fuerzas armadas un poco más de vergüenza, probidad y decoro del que carecían, sin duda alguna, los gorditos de marras. 
Después de mucho rato tratando de contactar con el Ciro, logramos comunicar con él y nos confirmó que estaba libre. Con su libertad y la de los demás apresados confirmada, pusimos punto final a nuestra presencia en el lugar, no sin antes aplaudirnos por muchas razones, entre ellas por haber sido dignos de la humanidad que poseemos.
¿Qué fue, sin embargo, lo más esperanzador de aquella jornada?
A nuestras espaldas, en aquél lugar, había una casa. Uno de sus inquilinos se mantuvo atento a nosotros todo el tiempo. Nos dejó pasar al baño, nos brindó agua, ya bien tarde en la noche nos regaló caramelos –no voy a narrar aquí el modo como nos comimos aquellos caramelos porque sería indigno de esta gallarda crónica-, todo eso sin conocer nuestras razones y alegando –cuando se las explicó Claudio Fuentes, muy sabiamente- que no necesitaba explicación, que él era cubano y un ser humano y que eso era suficiente. Si los cubanos somos como él, si somos sinceros en nuestros deseos de hacer a nuestro país libre, próspero y de hombres y mujeres dignos; la epidemia del odio, expandida desde mucho antes que el dengue, el cólera y la miseria, tiene sus días contados y la bandera de la victoria ya tiene más de tres franjas cosidas.
Boris G. Arenas
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