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martes, 20 de enero de 2015

El susurro de Stalin

                                                          


#YoTambienExijo


Amenazas, racismo, violación de derechos fundamentales: un relato de mi detención a manos de la Seguridad del Estado.

Desde que estábamos en el calabozo al que habíamos llegado el pasado martes 30 de diciembre de 2014, donde coincidimos varios periodistas, sabíamos que nombrar el primer artículo que haríamos sobre nuestro secuestro sería difícil. Habíamos llegado a "el Vivac", que es como nos decían algunos de los detenidos que se llamaba la unidad policial, después de presentarnos en la Plaza de la Revolución para participar en la performance El susurro de Tatlin, ingeniado por la artista cubana Tania Bruguera. Pero ella no llegó nunca y allí supimos que estaba incomunicada desde la madrugada anterior.
La convocatoria era para las tres de la tarde. Sobre las cuatro nos íbamos un pequeño grupo compuesto por Luis Trápaga, Ernesto Santana, Waldo Fernández, Pablo Pascual, Yania Suárez y yo. Todos fuimos detenidos allí y a los hombres nos trasladaron al Vivac en una pequeña camioneta cerrada.
Podría describir con el título la naturaleza de un distanciamiento inesperado de nuestras familias que nos haría pasar lejos las fiestas del año nuevo. Para Pablo Pascual, Don Sayú, Pavel Herrera y Ernesto Santana, la distancia tenía además el agravamiento del hambre. El Vivac fue la cárcel que se dispuso para nuestro encierro y ellos se abstuvieron de alimentarse allí.
Pero también podría referirme al acercamiento que se constató en tan poco tiempo entre personas desconocidas, con oficios y orígenes sociales tan distintos. Verifiqué en estos días que la oposición cubana sufre más mientras más humilde es el opositor, más oscuro es su color de piel y más lejos vive de la Habana.
Duviel Blanco, que maneja un bicitaxi en La Habana Vieja, fue amenazado por el oficial de la Seguridad del Estado que nos recibió en el Vivac. Para hacerle entender el peligro que corría de perder su trabajo si continuaba militando en la oposición política, el oficial le dijo que debía definirse entre el modo cómo se busca la vida y su militancia humana, pues la conservación de uno implicaría la pérdida del otro.
Miguel Campanioni vende granizado y ya le confiscaron en una ocasión el carro que usa en su trabajo, también en una ocasión la Seguridad del Estado le robó sus zapatos y su teléfono móvil.
Don Sayú, miembro de la Unión Patriótica Cubana (UNPACU), que vive en Santiago de Cuba, nos contaba los métodos que usa allí la policía política para reducir las manifestaciones de la oposición. Nos contaba cómo desnudan a los opositores y los dejan a kilómetros de su casa descalzos, y cómo las golpizas son mucho más cotidianas, pero también nos contaba el respeto que merece la UNPACU en Santiago de Cuba y no se podía, al escucharlo hablar y sentir su extraordinaria ansiedad de justicia, dejar de evocar la figura misteriosa de los héroes santiagueros, desde Antonio Maceo, Flor Crombet o Donato Mármol, hasta José Daniel Ferrer, jefe nacional de la UNPACU.
También estaban con nosotros en el penal Andrés Pérez, presidente de la Comisión de Atención a los Presos Políticos y sus Familiares (CAPPF) y los miembros de esta comisión Carlos Manuel Hernández (Atos), Delio Francisco Rodríguez y Ariobel Castillo.
Fue Ariobel Castillo quien escuchó al oficial de guardia que entró el día 2 de enero, poco antes de la salida del último grupo, decirle al Jefe de la Unidad que "el negro" —refiriéndose a DonSayut, al que había ayudado a sacar por la fuerza para conducirlo a una guagua y deportarlo a Santiago de Cuba— le había dejado su peste encima. La actitud de los oficiales de guardia varió ostensiblemente durante aquellos cuatro días, pero aquel oficial  añadió que para terminar nuestras manifestaciones en el penal lo que había que hacer era fusilar a uno de nosotros.  
El Jefe  de la Unidad —en estos días de tantas mentiras debo aclarar: el que se presentó siempre como el Jefe de la Unidad—, con dos estrellas blancas en el cuello de su camisa de policía, lo escuchó y se retiró sin llamarle la atención por aquella estúpida manifestación de racismo y odio.
Pero el título del artículo podría estar marcado también por los momentos de comunión. Aquellos en los que todos coincidíamos encantados y se olvidaban las incomodidades, espirituales y físicas.
Una de ellas fue la llegada el segundo día del encierro, el día 31, de Claudio Fuentes, que apenas siete días antes había llegado de Nueva York, donde estuvo seis meses. Tan solo esta condición manifiesta un contraste gracioso. Pero Claudio se pasó toda esa noche conversando, hablando de Nueva York frente a un público que le prestó gustoso el protagonismo, lo que para él tiene un placer añadido y estimulante.
La llegada de alguien nuevo al calabozo —el segundo día llegó, junto a Claudio y Campanioni, Miguel Borroto— daba aire al grupo, del mismo modo que la salida dejaba sensación de vacío y zozobra. Esa es la razón de que la policía política instrumente las salidas escalonadas, pues la expectativa de la libertad funciona sobre mecanismos que están más allá de la razón y siempre producen inquietud.
Pero hablando de la comunión del grupo hubo un evento que no olvidará ninguno de los que estaba allí. Ni siquiera los presos comunes que estaban separados de nosotros y nos escuchaban. Quizás tampoco El Sexto y Sonia —una miembro de la UNPACU en huelga de hambre desde días atrás y cuyo apellido no conozco— que estaban allí en calabozos de presos comunes, la estrategia con que el régimen encubre el móvil político de no pocas detenciones.
El 31 de diciembre, a las 12 de la noche, cantamos el Himno Nacional y gritamos, tanto como nos lo permitieron nuestras gargantas, pues ya habían gritado bastante durante el día "Abajo los Castro", "Viva Cuba Libre", "Abajo la miseria", "Abajo los secuestradores de la Seguridad del Estado". Después de aquella catarsis encantadora, olvidaban el hambre los que no habían comido, olvidábamos que estábamos sucios y que no teníamos pasta de dientes, olvidábamos las incomodidades del confinamiento y parecíamos individuos libres que borrábamos de un grito 60 años de tiranía.
Hubo a lo largo de estos cuatro días una acción de refinada perfidia, lo que le da a una detención el carácter de secuestro y convierte en paramilitares a las tropas que lo ejecutan. Todo detenido tiene en Cuba el derecho de hacer una llamada telefónica en cuanto llega a la estación de policía. La llamada es el procedimiento más elemental para enterar a la familia. La reclusión, legal o no, es pena suficiente y no es necesario ofender al recluso negándole el más elemental de los procederes. La negación de la comunicación con la familia, unida a la ausencia de toda información sobre nosotros, acentúa el crimen que rodeó nuestro confinamiento.
Mientras estaba en aquella celda, yo era consciente de mi estado, de la angustia que sentía, y aunque sin noción de qué pasaría con nosotros, era consciente de lo que estaba pasando: mi familia no. El testimonio de su tristeza, su conmoción, su movilización indignada a favor de mi libertad, solo me ha permitido saber que, a la par de mí, mis familiares más allegados sufrían, e incluso que por momentos sufrían más ellos que yo. Y eso por la imposibilidad que tuve de calmarlos con mi voz.
Incluso pedí a los numerosos oficiales que instrumentaron nuestro secuestro que llamaran ellos y en algunos momentos aspiré a que ya lo hubieran hecho. Vana ilusión.
A los agentes de la Seguridad del Estado les comuniqué que jamás, como miembro de la oposición cubana, consentiría que cayeran en un espacio sin ley, y que aún menos aprobaría que se sumaran agravios dirigidos contra la familia y los amigos durante el cumplimiento de las penas que pudieran caberles por sus delitos presentes.
Pero para nombrar este artículo sería insuficiente referirme tan solo a nuestra experiencia y no aludir a la obra de arte que nos convocó y su suerte a manos de Tania Bruguera.
Tania no se limitó a desatar nuestra pasión para desentenderse luego de sus consecuencias. Algo que podría haber hecho aludiendo a que ella era solo la artista y que había llevado hasta bien lejos su obra, pues fue detenida desde mucho antes de las tres de la tarde del 30 de diciembre, cuando había dispuesto la realización de su performance.
Ya libre y conociendo la condición en que estábamos, se personó en el Vivac junto a Antonio Rodiles y otros activistas democráticos. La acción les costó un nuevo aprisionamiento —Antonio Rodiles también había sido detenido y excarcelado algún tiempo después— y, una vez en prisión, la artista demandó que no la liberaran hasta que estuviéramos en libertad todos los detenidos. Cosa que, al parecer, se cumplió como ella quiso.
Con semejante actitud Tania Bruguera comenzó una obra y concluyó otra, un tipo de arte que es lanzado al espacio y que toma su forma de manera independiente sin que la artista deje de ser protagonista del resultado.
Ella demostró que es posible ser artista y mantener la coherencia cívica que muchos pretenden diluir en las exigencias del oficio. Se sumó con su acción a las mujeres que nos dan el pie para enorgullecernos de nuestra militancia, tales son Sonia Garro, Yoani Sánchez, Berta Soler, Ofelia Acevedo y tantas otras.
Tania Bruguera pretendió invertir la lógica del régimen y, por primera vez durante el castrismo, hablar desde el pueblo reunido a la tribuna.
Si El susurro de Tatlin tuvo en esta versión un acabado tan diferente del esperado, el grosero procedimiento de los paramilitares cubanos fue el habitual. Su encubrimiento en seudónimos o la omisión de sus nombres en sus presentaciones y la búsqueda de la sombra como sitio dispuesto para sus operaciones, expone involuntariamente su falta de vergüenza.
El susurro de Tatlin recuerda a Vladimir Tatlin, el gran artista soviético que promovió un arte involucrado en la sociedad, y en ello veo también el homenaje formidable a una generación de soviéticos que creyó poder realizar el paraíso sin saber lo cerca que estaba el infierno. La actitud de las fuerzas paramilitares cubanas recuerda más bien a la traición inmoral que le propinaron al gran movimiento vivificador Vladímir Ilich Lenin y su genocida descendencia ideológica encabezada por Iósif Stalin.
Boris G. Arenas

Este artículo fue publicado en Diario de Cuba el 6 de enero de 2015

Fui preso y expulsado de mi trabajo por querer hablar

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jueves, 8 de noviembre de 2012

Declaración No 1 del jueves 8 de noviembre de 2012, sobre los arrestos arbitrarios ocurridos en las últimas horas

twitpic de Yoani Sánchez el 8 de noviembre. Estación de Acosta. La Víbora.

Desde ayer miércoles 7 de noviembre de 2012 se han realizado numerosos arrestos arbitrarios que se han extendido hasta ahora. El número de los detenidos en el momento es imposible de contabilizar pues, como en ocasiones anteriores, los teléfonos móviles y fijos de los implicados han sido intervenidos y su funcionalidad anulada. Entre los arrestados están Antonio Rodiles y Yoani Sánchez.
El detonante de la actual situación fue el arresto hecho en su casa de la abogada independiente Yaremis Flores, de la asociación jurídica CubaLex. A raíz del cual fue un grupo de personas a reclamar su liberación inmediata frente al cuartel de la Seguridad del Estado conocido por Sección 21, en la avenida 31 y 110, Playa. Su esposo Veizant Boloy, también jurista, fue el primero en ser arrestado cuando se interesaba por el paradero de Yaremis. Todos los amigos que exigieron alguna explicación fueron apresados, de forma violenta.
Hoy ocurrió lo mismo frente a la estación de Aguilera donde se encuentran hace más de 24 horas Antonio Rodiles y Laritza Diversent, abogada de CubaLex. Las personas que allí esperaban pacíficamente que alguien les respondiera con palabras sólo recibieron una dura golpiza y que los metieran tras las rejas.
Algunos detenidos entre ayer y hoy son: Andrés Pérez, Mario Morago, Vladimir Torres, Rolando Rabanal, Luis M. Fumero, Ailer González (liberada hoy alrededor de la 1 pm), Antonio Rodiles, Eugenio Leal, Agustín y Angel Santiesteban, quien fuera duramente apaleado. Claudio Fuentes sigue desaparecido. 
A los detenidos en la capital se suman José Daniel Ferrer, de la UNPACU, en Santiago de Cuba y Enyor Díaz Allen de HablemosPress, en Guantánamo.
El artículo 58 de la Constitución -vigente- de la República de Cuba dice:
La libertad e inviolabilidad de su persona están garantizadas a todos los que residen en el territorio nacional.
Nadie puede ser detenido sino en los casos, en la forma y con las garantías que prescriben las leyes…
La razón de estas detenciones no ha sido comunicada, ni a los familiares de los arrestados ni, por supuesto, en los medios de prensa nacionales.
Pero los motivos pueden ser numerosos. Un día después de obtener Barack Obama la reelección como presidente de los Estados Unidos, los agentes de la dictadura cubana pueden sentirse tentados a ratificar a la población cubana el absoluto menosprecio que sienten por nuestros derechos universales e inalienables. A la comunidad internacional se le notifica, de este modo, la absoluta impunidad con que seguimos siendo tratados los que, desde este infinito archipiélago, estamos decididos a plantar, en nuestra fértil tierra, el gran árbol de la libertad.
No se nos escapa la crítica situación que se presenta en el Oriente del país, donde el paso del huracán Sandy ha agravado la situación alimentaria y sanitaria, habiéndose reportado en diversas regiones la aparición de casos de cólera, que el gobierno cubano encubre y que se sumarían a la extensa epidemia de dengue que hemos padecido por varios meses, cuyas estadísticas son también un "estricto secreto de estado".
La muerte de Fidel o Raúl Castro, sería otra razón de peso para extirpar a la sociedad civil cubana sus más locuaces representantes. Un gobierno cobarde entraría en pánico si además quedara acéfalo.
El grupo arrestado ha venido participando desde hace meses en la campaña cívica Por otra Cuba, donde se insta al gobierno de Raúl Castro a ratificar el Pacto de los Derechos Políticos y Civiles y el Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, firmados por el gobierno cubano el 28 de febrero del 2008 en la ciudad de Nueva York, único paso verdaderamente esperanzador, por las obligaciones que tal ratificación impica para este triste gobierno. Las consecuencias de esa ratificación sería la sustitución definitiva del aparato de gobierno de Fidel Castro.
Demandamos, de modo inmediato, la liberación sin cargos de los diversos arrestados.
El cese definitivo de los arrestos arbitrarios y que entorpecen el desarrollo de las actividades cívicas que organiza la sociedad civil.
Pedimos al pueblo cubano que evalúe la complicidad que se deriva de la acción intimidada, que no acepte el engaño que supone la extensión de un régimen de permisos, cuando tan cerca estamos de un régimen de libertades y a la comunidad internacional, que mantenga el apoyo que dispensa a nuestra sociedad civil, pues Cuba sigue mereciendo, como el resto de las naciones, la libertad plena y el autogobierno soberano.

Boris González Arenas

lunes, 10 de septiembre de 2012

Por Estado de Sats

El pasado sábado primero de septiembre, un grupo de personas nos reunimos en 110 y 31, frente a una antigua estación de policía (de las que no fueron convertidas en escuelas) y una casa (de las que fueron convertidas en cuarteles) que cobija una unidad  del Departamento de la Insalubridad del Estado, más conocida como DSE. La razón de nuestra presencia allí era manifestar el rechazo al entorpecimiento que ha tenido en los últimos meses, para su desempeño, Estado de Sats.
Organizado por Antonio Rodiles, Estado de Sats reúne y da voz a la sociedad civil cubana en un espacio independiente de condicionantes políticas: pero no es fácil. Desde hace algún tiempo, numerosos asistentes son secuestrados por unas horas y en ocasiones la retención llega a los especialistas invitados.
Los secuestradores no son otros que los oficiales de la insalubridad descrita. La mañana del sábado 1 de septiembre arrestaron a Orlando Luis Pardo Lazo, quien esa noche debía presentar a los ganadores del concurso Nuevo Pensamiento Cubano. Harto, Antonio convocó a un grupo de amigos para que fuéramos con él a la Unidad de la Inseguridad del Establo, más conocida como DSE –cambian de nombre por problemas de seguridad- para exigir la inmediata liberación de Orlando Luis y el cese de los secuestros que entorpecen la realización de Estado de Sats.
Las detenciones para evitar la protesta convocada por Antonio comenzaron bien pronto. Cuando yo estaba llegando pude ver que el músico Ciro Javier Díaz estaba detenido a unos doscientos metros del lugar de reunión. Ciro estaba sentado y esposado, al menos eso me pareció pues sus manos estaban persistentemente escondidas detrás de la espalda y rodeado de hombres rollizos (ya esclareceré el por qué de esta denominación) que no parecían miembros de ninguna agrupación musical ni siquiera “Pupy y los que son, son”.
La avenida treinta y uno es una céntrica avenida habanera que en la calle ciento diez (el punto de encuentro establecido por Antonio Rodiles) está próxima a concluir –o comenzar- en la entrada del Hospital Militar. Ciro, el de La Babosa Azul y Porno para Ricardo, estaba detenido en la esquina de treinta y uno y veinticinco, justo donde la avenida veinticinco se estrella contra el campo de deportes –lo que queda de él, del preuniversitario Manolito Aguiar (no voy a explicar quién fue Manolito Aguiar, porque por la sólida formación en historia que recibimos en nuestras escuelas, todo el mundo sabe que era de Marianao y murió peleando a tiros contra Ramón Calviño Insúa, uno de los asesinos de la dictadura anterior, que murió a tiros de la actual, poco después de ser apresado en Girón en Abril de 1961).
Pues bien, entre 25 y 31 y 114 y 31, los espacios donde funcionó el sistema de detención, estábamos nosotros. Poco después de yo llegar, en un carro de diez pesos, los “rollizos” decidieron cerrar el fragmento de avenida descrito y con ello cerrar la posibilidad de que siguieran llegando convocados al llamado de Antonio Rodiles en alguno de los cientos de carros que toman por esa avenida en ambas direcciones. El movimiento en esa avenida un sábado por la noche no fue tenido en cuenta por quienes consideraron que quince personas éramos peligro suficiente como para comenzar un absoluto plan de aislamiento. Así permanecería la calle, cerrada por unas horas más y manteniéndonos en alerta, por la sospechosa reunión de personas al alcance de nuestra vista.

 
Así lució la calle desde el lugar donde estábamos reunidos
Foto: Claudio Fuentes Madan

En algún momento dobló frente a nosotros y se internó en la estación de policía, un pequeño jeep que llevaba unas cuatro mujeres vestidas en pijamas, quienes no dudamos que serían las amas de casa que, como en otras ocasiones, fungirían como el sector femenino del vecindario ofendido.
Fueron varias horas. En algún momento escuchamos salir del patio de la casa del DSE (Departamento de los Saciados por el Estado) voces, muy profesionales, que auguraban una confrontación en la que recibiríamos golpes a la altura de nuestra estatura, pues afirmaba una de las voces que le dejaran al fuertecito a él.
Cerca de la medianoche y poco después de que abrieran el tráfico de los dos carriles, unas cuatro horas después de haberlo cerrado, recibimos la noticia de que Orlando Luis Pardo Lazo estaba en libertad –no en el antiguo Cuartel Columbia convertido en escuela y ruinas- si no en la calle, liberado por sus mismos captores. Aún así decidimos que no nos moveríamos de allí hasta que los más de diez detenidos de ese día salieran en libertad. Nos dirigimos, unos doce, a la entrada de la casa (hoy cuartel) y ahora puedo explicar el por qué de mi apelación a la palabra “rollizo”: el parqueo de la unidad, bastante oscuro todo, parecía una reunión de gorditos, sería una calumnia del imperialismo decir que todos eran gordos, pero había un alto número de ellos. El lector hasta este momento puede pensar que mi insistencia en el excesivo peso de nuestra oficialidad obedece a algún prejuicio con el mundo obeso, pero en realidad es a la tristeza que me produce ver las escuelas con nuestros niños demasiado delgados y constatar los pobrísimos almuerzos escolares, o ir a cualquiera de los hospitales dispuestos para tratar de contener la recurrente epidemia de dengue de la que no se habla y donde el almuerzo pueden ser unos coditos tal como vinieron al mundo pero un poco más blandos. Ese contraste alimenticio es suficiente como para exigir a nuestras fuerzas armadas un poco más de vergüenza, probidad y decoro del que carecían, sin duda alguna, los gorditos de marras. 
Después de mucho rato tratando de contactar con el Ciro, logramos comunicar con él y nos confirmó que estaba libre. Con su libertad y la de los demás apresados confirmada, pusimos punto final a nuestra presencia en el lugar, no sin antes aplaudirnos por muchas razones, entre ellas por haber sido dignos de la humanidad que poseemos.
¿Qué fue, sin embargo, lo más esperanzador de aquella jornada?
A nuestras espaldas, en aquél lugar, había una casa. Uno de sus inquilinos se mantuvo atento a nosotros todo el tiempo. Nos dejó pasar al baño, nos brindó agua, ya bien tarde en la noche nos regaló caramelos –no voy a narrar aquí el modo como nos comimos aquellos caramelos porque sería indigno de esta gallarda crónica-, todo eso sin conocer nuestras razones y alegando –cuando se las explicó Claudio Fuentes, muy sabiamente- que no necesitaba explicación, que él era cubano y un ser humano y que eso era suficiente. Si los cubanos somos como él, si somos sinceros en nuestros deseos de hacer a nuestro país libre, próspero y de hombres y mujeres dignos; la epidemia del odio, expandida desde mucho antes que el dengue, el cólera y la miseria, tiene sus días contados y la bandera de la victoria ya tiene más de tres franjas cosidas.
Boris G. Arenas

martes, 27 de marzo de 2012

Los retos de la amistad



                                     
                               




   a José Orlando T. S. Tajonera, por su vidable amistad
                                                 Amicus Plato, sed magis amica veritas[1]

Desde hace cuatro décadas el proyecto Criterios, una de las empresas culturales más admirables de la historia de nuestro país, lleva adelante la puesta en circulación de una revista especializada en temas diversos, todos relacionados con el estudio de "…la teoría de la literatura, las artes, y la cultura".[2]
Pero ni un proyecto ni una intención son extraordinarios si no son llevados adelante por hombres y mujeres especiales. El resultado del evento Criterios es extraordinario. Dentro de todos los que puedan haber colaborado o trabajado para el proyecto, Desiderio Navarro es, para todos los que le conocemos, su artífice. Aunque le conozco poco, siempre ha estado dispuesto a conversar conmigo de todos los temas en los cuales es un maestro. Desiderio Navarro puede despertar muchos recelos y dudas, pero su obra magnífica está ahí para inspirar, aún en último término, respeto y agradecimiento.
Cuando el pasado 28 de febrero de 2012 fui a la presentación del número 37 de la revista con la intención de intervenir desde el público, no era una persona desentendida ni desagradecida del gran proyecto de Criterios. No lo era entonces y, por supuesto, no lo soy ahora.
Lo que escribiré a continuación comparte mi admiración por Criterios, pero también mi compromiso con nuestro país y con tantos amigos que, desde la oposición a los desmanes de un castrismo degradante, buscamos concienciar, en todos los campos --y el intelectual es fundamental-, al colectivo ciudadano al que pertenecemos, el único actor que debe construir el presente. Criterios y mi país, dos amistades con las que quisiera contar siempre.
La actividad estaba citada para las tres de la tarde y ya Desiderio había anunciado la presencia de un panel que, como presentación del número y en la celebración del cuarenta aniversario de Criterios, discutiría sobre la esfera pública en Cuba.[3]La razón era que en el primer artículo de la revista, cuyo autor es Bernhard Peters,[4]se discute la pertinencia de lo que él llama "esfera pública". Partiendo de la lectura de este artículo, un panel notable haría una evaluación del modo como nuestra esfera pública se ajusta, o no, a la evaluación de Peters.
Estaban en el panel: Yasmín Portales, Jorge Luis Acanda, Arturo Arango, Rafael Hernández, Mario Castillo, Leonardo Padura y Roberto Veiga.
El primer problema fue a la llegada. A las tres de la tarde había en los bajos del ICAIC una cola numerosa. Los custodios hacían pasar de diez en diez a los asistentes, con el argumento de que así se organizaba la subida por el elevador. La realidad era que camino al elevador había varios sujetos –para mí desconocidos y yo desconocido para ellos (por suerte)- que se encargaban, de algún modo, de impedir la entrada a aquellos que, por alguna razón, consideraban incómodos para "la institución". El conocido procedimiento de no dejar entrar a los actos públicos a los miembros de la oposición, los únicos tradicionalmente ubicados como indeseables. De conciertos, actividades intelectuales, proyecciones cinematográficas, actividades políticas, los que en Cuba disentimos somos sistemáticamente apartados. Nosotros los opositores –un amigo juicioso se niega a declararse tal por la certeza de que no milita en una oposición, sino en la Posición- decimos Fidel Castro donde otros prefieren divagar; individualizamos la responsabilidad donde otros prefieren generalizarla; vamos en busca de la reunión de todos los cubanos sin condiciones donde otros prefieren leyes para flexibilizar; apostamos por la alegría donde otros se conforman con paliativos de la tristeza. Orlando Luis Pardo Lazo estaba en la cola, pero ya dos personas –según me enteré después- habían sido privadas de la entrada. Acababa de ponerme en la cola cuando escuché a Orlando Luis decir que el acto no era público, que no se confundieran los que allí asistían. Evidentemente lo acababan de sacar. La maniobra era hábil. Abajo, los impresentables, los agentes de la inseguridad del estrado, depuran la asistencia. Arriba, los intelectuales, de un modo limpio y sin agentes patógenos, pueden diseñar el discurso de nación que luego será consumido por una población ávida, pero sin encontrar en él el "algo" que quisieran haber escuchado y que no se pronunció. Ese algo, una vez más, debía quedar en las vísceras de los que no entraron.
Si todo el tiempo dudé acerca de mi intervención, cada nuevo evento la confirmaba. Llegado el momento entré –había dudado de lograrlo- y mi paso hacia el elevador no fue cortado por persona alguna. Arriba no alcancé asiento, todo el amplio salón estaba lleno. En el piso se sentó un grupo grande de personas. El total de las intervenciones duró más de dos horas, todo un reto para la atención. Pocas veces se puede escuchar, en Cuba, personas inteligentes pronunciándose sobre algún tema particular. Algunas de las reservas escuchadas sobre lo que allí se pronunció, no me han parecido justas y pienso que es equivocado desestimar de un plumazo la intervención de alguien porque no se pronuncia como yo quisiera. Más cuando ese alguien es veinte o treinta años mayor que yo y ha debido navegar en aguas esquizoides desde que tiene conciencia.
Estoy convencido de que el terror, el pavor, el miedo inmovilizante, legitiman las reglas de lo que lo provoca. El castrismo ha sido, por medio siglo, la principal fuente de miedo de este país. Todos hemos aprendido a temer por la apariencia de legitimidad que las movilizaciones millonarias insuflan; por el estudio cuidadoso de un discurso mediocre, pero imprescindible para sobrevivir, articulado desde el estrado por el comandante y traducido a un sentido común, que no lo es tanto, por similar número de aterrados; hemos temido por las cárceles; por el escarnio; por la soledad y, en última instancia, por el recurso infalible del Paredón, esa muerte definitiva a diferencia de todas las otras. Por otro lado la tragedia compartida establece las reglas de una solidaridad cómplice y el cubano ha sabido irse bandeando.
Pero todo ese edificio debe ser cuidado y en él el opositor no debe encontrar espacio. Eso pasó en la presentación de la revista Criterios. Al menos eso creo. De los panelistas solo uno, Mario Castillo –el más joven junto a Yasmín Portales-, condenó la represión habida en la entrada contra activistas del Comité Cubano por la Integración Racial. Los demás no consideraron, o por lo menos no lo expresaron, que fuera un atentado contra la libertad el privar a cubanos como ellos de entrar en un evento público.
Después de muchas horas, con las personas cansadas y deseosas de comprar la revista, tocó el turno al público. Fui el primero en levantar la mano y conmigo lo hicieron otros. Como estaba sentado en el frente, no podía adivinar la disposición del auditorio para escuchar a alguien más. Básicamente mi intervención sería sobre cuatro puntos, todos centrados en parte de lo que habían dicho los panelistas por este orden: Rafael Hernández, Jorge Luis Acanda, Roberto Veiga y Mario Castillo. Haré un breve recuento pues la memoria traiciona. Rafael Hernández había enumerado una serie de deseos de los cubanos. Creo recordar que eran nueve. El cubano quiere una salud pública de máxima calidad, no pagar impuestos, una libreta de abastecimientos cargada de productos y otros enunciados cuya carga material me pareció imprecisa. Jorge Luis Acanda hizo una breve relación de la esfera pública con elementos filosóficos precedentes, sobre todo el marxismo, y el modo como podían intervenir en la discusión de la esfera pública cubana. Roberto Veiga usó en su intervención el término "ciberchancleteo" que ha sido usado contra la comunidad blogger que denuncia los desmanes cotidianos. Mario Castillo hizo un análisis crítico del artículo de Peters y, como ya dije, fue el único de los panelistas que señaló la censura a algunos de los asistentes.
Para los que estábamos en el público había un micrófono dispuesto en el salón. Primero debí presentarme y después comencé mi intervención. Expresé que con la enumeración de Rafael Hernández yo no me identificaba. Los deseos del cubano, que él enunció, no son mis deseos. Afirmé que no necesariamente quiero verme en el Hospital Cimeq –la institución hospitalaria a que se había referido Rafael Hernández y que sirve, junto a otros edificios, para dar servicios de salud de excelencia a la clase política cubana en contraste con el gran deterioro de las instalaciones de salud del país-, sino que puedo conformarme con ver a Raúl Castro en la misma consulta de cualquier anciano o a su nieto en un hospital pediátrico como el de Centro Habana, donde no hace mucho debí ingresar a mi hijo. El ofensivo contraste entre nuestras condiciones de vida y las de la laya política cubana era el centro de esta observación. Decir Fidel Castro o Raúl Castro, en medio de una crítica al gobierno es "pasarse de la raya", convertirse automáticamente en alguien que debe ser ignorado, a quien es mejor no haber oído y ese era mi deseo ese día, que se oyera. Considero que ya Rafael Hernández, al señalar el hospital donde los beneficiados del poder se atienden, denunciaba a la usanza de los años ochenta, donde bordeando la frontalidad se hacían todas las acusaciones. Pero no son tiempos de bordear la frontalidad, si es que alguna vez lo fueron. El cambio joven[5] y radical es imprescindible si no queremos tener que ir al fondo del mar a sacar, como a una nueva Atlántida, el cuerpo de Cuba.
Sobre la intervención de Acanda me limité a declarar mi distanciamiento de una interpretación que establece la dependencia de los paradigmas éticos de los ordenamientos socio-económicos. Específicamente el marxismo, al que se había referido Acanda, cuya lógica de que el hombre primero tiene que comer para luego poder pensar establece una jerarquización que me parece ajena a nuestra condición humana. Sin pretender, por supuesto, que el marxismo sea un islote disociado del pensamiento filosófico o una preocupación fútil dentro de los estudios humanos.
Roberto Veiga introdujo un tema de particular importancia. Al usar la palabra "ciberchancleteo" ponía de relieve otra actitud muy cotidiana: la desestimación fácil de los que militamos en la oposición. El mote ha sido usado para devaluar la práctica de Yoani Sánchez, Claudia Cadelo, Lía Villares y más blogueros cubanos. Hice especial énfasis en esto, y en que cuando los medios oficiales cubanos, tan adictos a lo mediocre e inmoral, hacen gala de ello, no se ve la misma reacción crítica en nuestra sociedad intelectual. Usé como ejemplo el artículo "¿Para quién la muerte es útil?"[6], mandado a escribir a Enrique Ubieta por el estado cubano para dar la noticia de la muerte de Orlando Zapata Tamayo. No se puede decir que Ubieta sentó un precedente, porque lo que hizo lo ha estado haciendo Fidel Castro Ruz por más de cincuenta años. Denigrar seres humanos que no tienen ni los medios ni, como en este caso, la vida para responder. Pero fue un artículo vergonzoso, que en una ciudadanía sana habría ocasionado una respuesta inmediata, a la altura de la que dio el mundo. En su réplica, Veiga afirmó que el uso de la denominación "ciberchancleteo" se refería a todo lo mediocre que se mueve en Internet, sin distinguir militancias humanas. Aunque está claro cuál fue el origen de este apelativo, la afirmación de Veiga fue positiva. Al no desestimar que Enrique Ubieta pueda participar de la mediocridad, lo consideré incluido por Veiga. Al no declarar quiénes de los que escribimos desde la oposición podemos ser señalados al modo de Ubieta, podemos no sentirnos aludidos.
Por último alabé la conducta de Mario Castillo al denunciar las censuras habidas en la entrada de la actividad y eché de menos que no hubiera sido secundada por los demás panelistas. Sugerí que ningún evento intelectual debe desarrollarse sin la condena explícita de los actos de represión que buscan filtrar los asistentes.
Los panelistas escucharon mi intervención con respeto y si las respuestas de ellos fueron con mayor o menor molestia, ninguna la consideré infamante. Rafael Hernández respondió a lo que dije asegurando que los deseos del cubano enumerados por él no corresponden a un sujeto de cierta inmoralidad –como lo había calificado yo- sino que el cubano, por alguna razón que no comprendí, se considera con especial derecho a lo mejor. No estoy de acuerdo con él y no dejo de ver, aun en esta respuesta, una velada referencia al argumento oficialista de que el cubano de hoy, por los derechos dados por la revolución y el socialismo, tiene unas expectativas de vida extraordinarias. Si en la década del cincuenta nuestras expectativas no hubieran sido elevadas, la gran Revolución Cubana, la revolución ciudadana que secuestraron astutamente Fidel Castro y sus secuaces, sin dudas no se hubiera producido. Las redes de abastecimiento de las montañas, que desde las más distantes bodegas de la ciudad llevaban alimentos, por las vías más disímiles, a los rebeldes; las fuentes de financiamiento que permitieron la compra de información, armas, medicinas y demás necesidades; y el apoyo de los mejores gobiernos extranjeros que, con una admiración añorada hoy, favorecieron el asentamiento y la organización de exiliados revolucionarios, nada de eso se habría producido. Tampoco se habría producido la entrega extraordinaria de millones de seres humanos que, una vez triunfada la Revolución y creyendo ver en Fidel su garantía, entregaron cuanto tenían después de una vida de trabajo en pos de expectativas enormes. La memoria de tales eventos y la constatación de la insania moral de sus beneficiarios, demudan la vergüenza y confirman la situación cubana como una de las tragedias más grandes de la historia contemporánea.
La respuesta de Desiderio Navarro afirmando que la institución se permite el derecho de admisión, sabiendo que su uso no es contra quienes vienen drogados, indebidamente vestidos o ebrios, sino contra los que militamos en la denuncia del régimen cubano, no puede satisfacer.  Aun viniendo de la autoridad que le cabe, la verdad es que en la práctica verificable los que han sido expulsados de la institución son los miembros de la oposición visible cubana. Le pediría yo, para evitar próximas envestidas a nuestro legítimo derecho, la realización de las presentaciones en los numerosos espacios verdaderamente públicos de la isla. Como quiera que decida él hacer, el proyecto cultural Criterios ha sido y es prueba de su claridad, capacidad creativa y energía sin límites por más de cuarenta años y felicitarlo después de tantas pruebas de constancia, es el menor de los homenajes posibles.

                                                                              Boris González Arenas                                           La Habana, 13 de marzo de 2012

Artículo realizado para la revista Voces (No 14) presentada en casa de Yoani Sánchez el pasado viernes 23 de marzo de 2012.
                                                          


[1] Atribuida a Aristóteles, la famosa frase significa: Soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad. Ha sido muy usada para significar que no basta con que una opinión sea usada por una autoridad para que sea aceptada.
[2] Así versa en la nota que aparece escrita en el borde superior izquierdo de la portada de cada número
[3] Decía una de sus convocatorias: "Desde el pasado domingo se encuentran en el Aeropuerto de La Habana, ocasionando ya pago de sobrestadía, los ejemplares del número 37 de la revista Criterios, uno de los más logrados de su trayectoria - -nuevamente por la presencia de algunas de las más grandes figuras y grandes temas del pensamiento mundial actual. 
Aun si Ediciones Unión mantuviera su negativa a firmar esta vez la solicitud de extracción aduanal establecida "por lo que puede haber dentro de esa revista", y aunque se repitieran, como en días recientes, los actos de vandalismo furtivo en la sede del Centro, allí celebraremos, el próximo 28 de febrero, el 40 aniversario del comienzo, en un lejano febrero,  de la lucha de Criterios por la circulación local de lo mejor del pensamiento cultural mundial  y contra el autobloqueo y el monologismo antiintelectual. 
A todos aquellos que sientan que con estas cuatro décadas de publicaciones y actividades  Criterios los ayudó en algo en su formación o información o trabajo, y que desearan que lo siguiera haciendo a pesar de todos los obstáculos, los invitamos a expresarlo esta única vez con su asistencia".
[4] Peters, Bernhard: El sentido de la esfera pública Revista Criterios No 37 2011, pp 5-54.
[5] O sea, todo lo que sea menor de ochenta años.
[6] 27 de febrero de 2010

miércoles, 7 de marzo de 2012

Un lugar donde vivir… sin miedo

Es un edificio de sesenta años. Construido en cualquier parte de la ciudad a finales de la década del cuarenta. Los apartamentos del frente tienen un pequeño balcón con vista a la calle, en la primera planta están ubicados a ambos lados de la puerta del edificio y en los pisos siguientes a ambos lados del pasillo. Los apartamentos interiores tienen balcones al costado del edificio. Tiene tres plantas y aún siendo de proporciones modestas, está bien ubicado y construido.
Justo al lado derecho de la puerta de entrada vive una anciana sola. Trabajó muchos años de maestra de primaria y ahora lleva más de diez años jubilada. Su hijo vive en Estados Unidos, gracias a ello puede mantener, la anciana, un nivel de vida muy superior al que le corresponde. Como tantos, creyó firmemente que en Cuba se construía una sociedad más justa y que dando a diario clases a niños por un salario modesto, aportaba lo necesario a ese país mejor. Era la época en que una economía incompetente era sostenida por colosales financiamientos soviéticos. Pero la época terminó y ella pudo ver lo fácil que se trocaba una educación viabilizada para crear un hombre nuevo, en otra, productora de servicios tradicionales y desesperados.
Su alumna favorita, hija de un matrimonio de un cubano y una soviética, jefa de colectivo a los once años (En 1987), era puta a los dieciséis (En 1992). Gerardo, el jabado de las pecas en la cara, cuya madre trabajaba en Cubana de aviación, de donde traía los dulcecitos para las fiestas que organizaba "la maestra de su hijo", y con un padre desconocido para todos pues llevaba más de cinco años de misión militar en Mozambique; que declamaba los poemas del Indio Naborí a los nueve años (En 1985), quedó sepultado para siempre en las aguas del Golfo de México, después de haber sido visto en una balsa junto a otros amigos y su novia (En 1994). Esa anciana puede, gracias a su hijo, tomar hoy un helado o ir a un hospital en taxi, nivel de vida que es un sueño para sus ex compañeras de trabajo.
Justo en el apartamento de al lado, vive un señor con su esposa ambos negros y mayores de sesenta años. Ellos no tienen hijos en el extranjero ni en ninguna parte. Sencillamente no tienen hijos. Él trabaja aún en el Circulo Social donde ha trabajado toda su vida. Un antiguo club de la clase media cubana que lleva cerrado veinte años (Desde 1987), después de servir otros veinte (Desde 1964) a cualquier ministerio que lo dejó destruirse, no era el ministerio del ejército ni el del interior. 
Hace cuatro años (En el 2008) en su apartamento comenzó a brotar un manantial de agua albañal. Después de varios días de gestiones infructuosas el hombre se decidió y abrió un pequeño orificio en la pared de su cocina. El agua comenzó a fluir hacia el pasillo del edificio, corriendo por un costado hasta salir por la puerta de entrada y de ahí rueda calle abajo hasta desaparecer en alguna alcantarilla que aún no está tupida.
El agua es sumamente apestosa y los vecinos del edificio no perdonan la fetidez que provoca tal solución. Poco a poco le han ido retirando el habla hasta dejarlos completamente solos. Un bombillo que tenían sobre la puerta lo rompieron una noche (En el 2009) y el edificio tuvo que despertar con los gritos desesperados del "negro del dos" que dejó brotar en palabras su ira contenida. Después le arrancaron el número dos que tenía la puerta, pero eso no provocó mayor disgusto porque a la maestra jubilada le arrancaron el número uno. También arrancaron un sello de bronce que identificaba, a la izquierda de la puerta del edificio, al arquitecto del inmueble (En el 2010).
La maestra jubilada sigue recibiendo visitas y su vida social se mantiene activa (En el 2012). Estos obreros despreciados, que no pueden con su salario reparar un salidero (En el 2012), y que no pueden apelar a sus ahorros después de una vida de trabajo (Desde 1967) porque no tienen, viven en la más absoluta soledad y al amparo del silencio.
En Cuba la protesta se ha convertido en delito, nada anima a la esperanza y la prudencia, por recurrida, se ha identificado con el miedo.
¿Pero a qué se teme?
La ex maestra teme quedarse sola y morir una mañana sin que su hijo al otro lado del mar, siquiera lo sospeche. Su hijo teme perder, con su madre, lo único que le queda en Cuba, lo que es importante para él,
que no se entiende como americano. Los inquilinos del dos temen que la peste se enraíce en su cuerpo, en sus alimentos; instintivamente llevan la nariz a sus ropas para comprobar que no apestan. El resto de los vecinos temen que el agua albañal socave los cimientos del edificio.
El gobierno teme a la venganza, los amigos y los amantes a ver a sus allegados en el presidio, las madres y los padres a no encontrar el cuerpo de sus hijos en el mar para darles sepultura digna, los obreros a no tener ningún trabajo, los desempleados a no poder seguir viviendo vendiendo cualquier cosa, es una sociedad y en la sociedad los sentimientos se comparten aunque sean diversas las causas que parecen motivarlos.
Una sociedad que debe empezar por aprender que al miedo basta con no sentirlo.

Boris González Arenas
1º  de marzo de 2012
               
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